En la arena cansada del mundo
brotará, inesperado, un jardín:
conciencia que abre sus pétalos
contra el viento del devenir.
La razón —ese fruto oculto—
romperá su silencio antiguo,
alzando un temblor luminoso
como un dios recién prohibido.
Los rebaños buscarán su sombra
cuando caigan sus vigilantes,
figuras hechas de negro humo
que el alba disuelve sin esfuerzo.
Y nacerán hombres sin cargas,
sin mitos heredados del miedo,
para enterrar, bajo la nueva luz,
aquellos ídolos torpes del engaño.
Entonces, al mirar el cielo,
solo verán su claridad inmensa
y comprenderán que la locura
era creer algo que no fuera ciencia.