Escondo mis torpezas
detrás de cualquier excusa barata.
Las hago pasar por pobreza,
como si eso las volviera dignas.
Quise ser alguien.
No por deseo,
sino por no sentirme menos que el resto.
Soñé con el estrado,
con que me miraran desde abajo,
con valer algo
aunque fuera por engaños.
Podría haberlo sido, sí.
Pero no tenía nada adentro.
Ni fuerza,
ni ganas,
ni nada que no fuera orgullo.
Así que hice lo único que sabía:
poner trabas,
inventar límites,
alejarme lo necesario
para no fracasar del todo
ni tener que intentar en serio.
Nunca quise nada de verdad,
ese fue el verdadero problema.
Lo entendí tarde, claro.
Cuando ya no importaba.
Y sin embargo, no me equivoqué.
Hay algo casi gracioso en eso:
¿para qué mierda iba a ser doctor
si no me importa curar a nadie?