Poema: "La más tibia"

 


Ese esplendor de la mañana,
el punto más alto de mi ilusión.
Recuerdo la arena ardiendo bajo mis pies,
en la orilla de un mar abierto.
La brisa rozando mi rostro
después de extraviarme entre sombras verdes.
Tantos cielos guarda mi memoria
que ninguno ha sabido borrarse.
Imagino que todo me pertenece,
incluso el canto disperso de los pájaros.
El amor fue pródigo conmigo,
derramando dulzuras sin medida.
Nunca pedí más de lo que tuve,
y acaso fue más de lo que merecía.
Mis sentidos todavía me sorprenden
y un placer leve recorre mi cuerpo.
No hizo falta la mano de Dios
para colmar mis días de gracia.
Sigo la costumbre simple de vivir el día,
más allá de lo que otros esperan,
que por ajeno se vuelve distante
y sin peso real en mi vida.
Mi riqueza son las pieles que he besado
y al final, quedarme con la más tibia.


Poema: "Caer en el tiempo"

 


Los recuerdos se vuelven nostalgia
cuando se convierten irrepetibles,
en ese instante revelador y cruel
se acrecienta el deseo frustrado,
como una puerta cerrada a oscuras.

Las lágrimas expresan el duro pesar
y lo transforman todo en melancolía,
en su caer involuntario
resbalan por rostros ya ausentes
y se pierden en el pudor del pasado.

Puede el tiempo derramar tal tristeza
que un simple pensamiento acongoje,
y en su curso arrastrar la belleza
como hojas secas en la vereda,
con absoluta impiedad y arrogancia.

Solo la muerte se atreve como rival
y aun ella teme ser derrotada,
porque mi angustia será perdurable,
eco sin cuerpo ni descanso,
tras el etéreo vuelo final.



Poema: “Nunca quise nada”

 


Escondo mis torpezas
detrás de cualquier excusa barata.
Las hago pasar por pobreza,
como si eso las volviera dignas.

Quise ser alguien.
No por deseo,
sino por no sentirme menos que el resto.

Soñé con el estrado,
con que me miraran desde abajo,
con valer algo
aunque fuera por engaños.

Podría haberlo sido, sí.
Pero no tenía nada adentro.
Ni fuerza,
ni ganas,
ni nada que no fuera orgullo.

Así que hice lo único que sabía:
poner trabas,
inventar límites,
alejarme lo necesario
para no fracasar del todo
ni tener que intentar en serio.

Nunca quise nada de verdad,
ese fue el verdadero problema.
Lo entendí tarde, claro.
Cuando ya no importaba.

Y sin embargo, no me equivoqué.
Hay algo casi gracioso en eso:
¿para qué mierda iba a ser doctor
si no me importa curar a nadie?



Carta breve sobre las emociones perdidas

 

Falta poco, apenas unos meses, para que cumpla 69 años, y aún me resulta difícil asimilarlo. Hay en mi mente una resistencia persistente, una suerte de negación que distorsiona el paso del tiempo.
He intentado, en numerosas ocasiones, retroceder hacia mis 12, 13 o 14 años, en busca de sensaciones que hoy percibo como inalcanzables. Sin embargo, debo admitir mi fracaso, no logro revivir aquellas impresiones intensas y vibrantes de la adolescencia.
Persisten, sí, ciertos recuerdos: la expectativa ante fechas señaladas, las fiestas, los carnavales, el Día de la Primavera. Era un joven tímido y profundamente romántico, rasgos que alimentaban tanto mi ansiedad como mi imaginación. Rara vez la realidad coincidía con mis anhelos, pero la esperanza renacía una y otra vez, acompañada de emociones que hoy añoro con una nostalgia difícil de explicar.
No son los hechos lo que deseo recuperar, sino la antesala de los mismos, ese tiempo previo en el que todo parecía posible, cuando la imaginación construía escenarios ideales y el sueño cedía su lugar a una vigilia soñadora.
Cada etapa de la vida posee su propio valor, su singular encanto. No obstante, la juventud —con su intensidad, su novedad y su sensibilidad exacerbada— se presenta como una experiencia difícilmente equiparable. Tal vez sea la inexperiencia, el descubrimiento constante o simplemente una configuración distinta de la mente.
Ignoro si esta vivencia es compartida por todos, pero intuyo que, en alguna medida, existe un hilo común que nos vincula en esa nostalgia por lo que alguna vez sentimos con absoluta plenitud.