Falta poco, apenas unos meses, para que cumpla 69 años, y aún me resulta difícil asimilarlo. Hay en mi mente una resistencia persistente, una suerte de negación que distorsiona el paso del tiempo.
He intentado, en numerosas ocasiones, retroceder hacia mis 12, 13 o 14 años, en busca de sensaciones que hoy percibo como inalcanzables. Sin embargo, debo admitir mi fracaso, no logro revivir aquellas impresiones intensas y vibrantes de la adolescencia.
Persisten, sí, ciertos recuerdos: la expectativa ante fechas señaladas, las fiestas, los carnavales, el Día de la Primavera. Era un joven tímido y profundamente romántico, rasgos que alimentaban tanto mi ansiedad como mi imaginación. Rara vez la realidad coincidía con mis anhelos, pero la esperanza renacía una y otra vez, acompañada de emociones que hoy añoro con una nostalgia difícil de explicar.
No son los hechos lo que deseo recuperar, sino la antesala de los mismos, ese tiempo previo en el que todo parecía posible, cuando la imaginación construía escenarios ideales y el sueño cedía su lugar a una vigilia soñadora.
Cada etapa de la vida posee su propio valor, su singular encanto. No obstante, la juventud —con su intensidad, su novedad y su sensibilidad exacerbada— se presenta como una experiencia difícilmente equiparable. Tal vez sea la inexperiencia, el descubrimiento constante o simplemente una configuración distinta de la mente.
Ignoro si esta vivencia es compartida por todos, pero intuyo que, en alguna medida, existe un hilo común que nos vincula en esa nostalgia por lo que alguna vez sentimos con absoluta plenitud.
No hay comentarios:
Publicar un comentario