"El joven Fausto" Capítulo VIII (original)

                                                                                      


La Trinidad
La distante Ciudad de la Trinidad     


Viajar hacia esta ciudad no era una tarea simple, ningún barco se dirigía a ella y era imposible pensar en hacerlo por tierra, por lo que la única solución era hacerse de un navío y una tripulación, preferentemente de bucaneros, por lo habituados a estas tareas. En la isla conseguir una tripulación de bucaneros era muy sencillo, estaba muy poblada por estos, pero otra cosa lo era un barco.

Pasaron varios días y no parecía tener solución el inconveniente de conseguir un barco, intentaron en vano convencer a varios capitanes de que les vendieran el suyo, pero un capitán sin barco no es un capitán y esto era inaceptable para estos hombres de mar. Una noche, mientras bebían en una taberna, se presentó un grupo de cuatro hombres, evidentemente, piratas neerlandeses, quienes eran observados de reojo por todos. Si bien en la isla se reunían todo tipo de piratas, a quienes poco le importaban las cuestiones políticas, sus intereses eran solamente económicos, los neerlandeses hacía un tiempo que no eran muy del agrado de los franceses y mucho menos de los ingleses, por los conflictos permanentes que sostenían sus respectivas naciones, las cuales en algunas oportunidades se habían aliado para combatirlos y hasta con los españoles, llegaron los ingleses a “olvidar” sus diferencias, para unirse contra ellos. Por supuesto que estas “alianzas” eran breves y solo se sostenían hasta lograr su objetivo. A estos neerlandeses parecía no importarles demasiado las miradas poco amigables y se dedicaron a beber sin prestar mayor atención a los demás, fue entonces que a Fausto se le ocurrió la manera de hacerse de un barco, aprovechando la hostilidad momentánea contra estos tipos. Salieron de la taberna y rápidamente recorrieron la isla reclutando bucaneros, que debido a la buena paga que ofrecían, no tardaron ni una hora en juntar a veinte hombres. Eran tiempos muy conflictivos en estas aguas y para muchos, el irse a un lugar más tranquilo para realizar sus tareas y ganar buen dinero, era una oferta muy apetecible. Con los conocimientos a oídas de Fausto, de como el Olonés había capturado un barco con solo dos botes, su plan era imitar la estrategia de este, por lo que fueron al puerto, tomaron dos botes y en medio de la oscuridad remaron hasta el barco neerlandés. Con extremado sigilo se acercaron al barco y subieron gracias a unos ganchos, la tripulación se encontraba dormida luego de haber bebido demasiado y luego de someter a los que supuestamente eran los vigías, no esperaban ser atacados, reducir al resto, una treintena de hombres, fue sencillo. Uno por uno los despertaron con cuchillos en el cuello y la sorpresa era tal en los piratas neerlandeses, que no atinaron a defensa alguna y en quince minutos todos eran prisioneros. Luego de subir los botes, William invitó a los prisioneros a saltar al agua para que nadasen hasta el puerto, izaron las velas y partieron alegremente hacia el sureste. La primera hazaña militar y probablemente la última de Fausto, fue un éxito total, ya que no fue necesario derramar ni una gota de sangre y además de apoderarse del barco, se encontró con un apreciable botín a bordo, el cual repartió prontamente entre sus hombres.

El viaje que les esperaba era bastante largo, calculaban un mes aproximadamente, ya que no contaban con cartas cartográficas y solo tenía una leve noción hacia donde se dirigían, por lo que debían aprovisionarse en un lugar conocido, Puerto Cabello, en Venezuela, antes de emprender el viaje a La Ciudad de la Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Ayre. Luego de adquirir las provisiones necesarias, navegaron por el Atlántico bordeando las costas del Brasil, hasta llegar a un punto donde perdieron de vista la costa del continente, pero gracias al conocimiento de algunos marinos de su tripulación, que habían oído hablar de ese mar dulce, se introdujeron en él, con dirección suroeste y luego de unas horas de navegación llegaron a las costas de las tierras llamadas Argentina (del latín, argentum, que significa “plata”) con el que el clérigo Martín del Barco Centenera, titula un extenso poema publicado en Lisboa en 1602, refiriéndose a esta región y otorgándole su definitivo nombre.                                                              

La pequeña ciudad estaba organizada según el modelo utilizado en muchas de las ciudades establecidas en el nuevo continente, un trazado en damero alrededor de una plaza mayor y en el sector este de la plaza se encontraba instalado el fuerte de la ciudad, que estaba amurallado con piedras y rodeado por un foso. Solo se accedía a él por la plaza Mayor, mediante un puente levadizo y en otro sector de la plaza se encontraba un gran cabildo, por lo que la plaza era el centro administrativo de la ciudad, que contaba con unos 3.000 habitantes, en su casi totalidad españoles.                                                                                                                 
La ciudad no representaba ninguna importancia para Fausto, William y sus hombres, su interés estaba al sur de la misma, según pudieron averiguar interrogando a algunos habitantes y hacia allí se dirigieron con las provisiones necesarias y materiales para una precaria construcción, que se convertiría por un largo tiempo en su residencia.

Solo a media jornada a caballo, el paisaje abrumó a todos, una interminable llanura amarillenta (eran mediados del mes de julio), se confundía con el cielo en el horizonte. Jamás habían visto algo así, solo era comparable con el océano, donde el límite solo es una línea, que dependiendo del día, puede no definirse con claridad y parecer fundirse en un todo circular. Estos hombres habituados al océano conocían esa sensación, pero jamás pensaron experimentarla en tierra. Para mayor asombro de todos, los relatos del marino que le habló a Fausto no exageraron nada, los campos estaban poblados de bovinos que vagaban libremente en un número incalculable, Fausto y William se miran con satisfacción, el largo viaje había valido la pena y ahora, aparentemente, todo dependía de ellos para hacerlo exitoso.

La primera tarea que hicieron fue construir un refugio cercano a un arroyo, donde instalarse lo más seguro y cómodo posible, asegurándose la provisión de agua. Cuando estuvo terminada la “morada” comenzaron la caza, que en esa superficie llana y escasa de arboledas era extremadamente simple, las vacas parecían no temerles y podían acercarse lo suficiente para ser precisos en sus disparos, luego limpiaban las presas de sus vísceras, le sacaban el cuero y cocinaban la carne sobre un foso con fuego y alimentado ocasionalmente con ramas y hojas verdes produciendo un ahumado, para su conservación, al tiempo que comenzaban a curtir los cueros. Este era el sistema originario que los marinos realizaban en La Española, llamado bucán, que les dio su denominación de bucaneros.

El primer mes lo pasaron sin novedades y para Fausto se estaba tornando aburrido, claro que para William la cosa era diferente, ya que calculaba lo rentable que serían los cueros en Europa. Hasta que una mañana son sorprendidos por una visita inesperada, un grupo de cincuenta aborígenes se encuentra a cien metros del establecimiento, armados con arcos y lanzas, con una especie de túnicas de cuero de varias capas, pintadas con manchas negras que imitaban la piel del jaguar. La primera reacción del grupo fue tomar las armas y colocarse en una posición defensiva, pero Fausto les ordena mantener sus lugares y solo se encamina hacia los visitantes. Al acercarse, presiente que hay más curiosidad que hostilidad en estos aborígenes, por lo que extiende sus brazos, demostrando estar desarmado y hace un gesto como de reverencia, intentando comunicarse amigablemente, sin saber si era comprendido. En principio, los “indios” solo lo observaban sin demostrar ninguna actitud, pero de pronto uno se adelanta a los demás y extiende su brazo al cielo, Fausto lo interpretó como una buena señal y la imitó. Ambos se aproximaron hasta estar a tan solo a un metro uno del otro, fue cuando Fausto comenzó a hablar, pero el hombre lo miraba fijamente sin emitir sonido alguno, Fausto comprendió que no era entendido, por lo que tomó una extraña decisión, se sentó frente al aborigen. De acuerdo con sus ideas, al estar en una posición más baja que el otro, era una clara señal de no agresividad y disposición al diálogo y el aparente jefe de los nativos así lo tomó e hizo lo mismo. William, quien se había acercado un poco más que el resto, contemplaba la escena, cincuenta nativos armados y su amigo sentado a pocos metros junto a uno de ellos, de pronto ve que Fausto gira su cabeza hacia él y le grita que le lleve papel y tinta. Haciendo caso a lo pedido, corren en busca de estos y vuelve para dárselos, retirándose algunos metros luego y permaneciendo parado. Desde su posición observa como Fausto comienza a dibujar en el papel y le muestra sus dibujos al jefe, en ese momento este comienza a pronunciar palabras en su extraño idioma y sonriendo le pide el papel y la tinta y también comienza a dibujar. Durante media hora, William mira como intercambian dibujos uno con otro, luego Fausto le pide a William le traiga un trozo de la carne que guardaban y al hacerlo ve como arranca un pedazo y lo come, para luego ofrecer otro al jefe, quien luego de olerlo se lo introduce en la boca y hace un gesto de aprobación. Ambos se incorporaron y entonces Fausto ordena que se le entreguen varias reces cocinadas a los visitantes, cuando sus hombres entregaron la carne, el jefe parece despedirse y junto a su gente se retira tranquilamente. Una vez alejados los aborígenes, William cree oportuno averiguar que había sucedido.

─¿Si quieres, puedes decirme que significó esto? ─preguntó William entre fastidio y sorpresa.

─Muy simple, he evitado un conflicto y comenzado una relación pacífica con esta gente.

─¿Pero de qué se trata esta relación?

─Se trata de que probablemente no nos ataquen mientras les seamos útiles y considerando que nos doblan en número y que ignoramos cuántos son en su totalidad, un poco de carne a cambio me parece un buen trato.

─¿Y qué se entiende por “probablemente”?

─Que mientras cumplamos con la cuota estipulada, supongo estarán conformes.

─¿De qué cuota estamos hablando?

─De la que acabas de ver y que se repetirá periódicamente, cada quince días.

─¿Quieres decir que volverán para llevarse carne cada quince días?

─Así es mi querido amigo y he tenido que negociar la cantidad por si no son los únicos por aquí y necesitemos tener otros tratos.

─¿Crees que pueda haber más salvajes aún?

─Es probable, no lo sé y yo no los llamaría salvajes, tal vez algo primitivos para nosotros, pero nada más, ese hombre me demostró tener gran capacidad para entendernos y negociar, de ninguna manera lo llamaría salvaje.

─¿Entonces piensas regalar toda nuestra carne, la cual podríamos negociar en la ciudad?

─Que la ambición no te ciegue, querido William, es preferible perder algo de dinero a perder la vida y, por otro lado, hay más que suficiente para todos por suerte.

─Bueno, puede que así sea, pero me molesta tener que regalar nuestro trabajo.

─No lo veas de ese modo, míralo como un impuesto por usurpar sus tierras.

─Pero nosotros no hemos usurpado nada, esto no es de nadie.

─Ay, William, William, tal vez no sea de nadie para ti, pero eso no significa que no tenga dueños, vaya a saber cuántos años, siglos, probablemente, habitan aquí esta gente y eso creo le da ciertos derechos, aunque sean desconocidos por nosotros.

─No lo había pensado de esa manera, ahora que lo dices tiene lógica y déjame decirte que eres un buen negociador al fin y al cabo, hasta diría que eres todo un diplomático ─ambos rieron a carcajadas.

El tiempo transcurría apacible, el clima, aunque frío, era tolerable, ya que no corrían fuertes vientos y la temperatura era menos extrema que en Europa, pero bastante distinta a la de su isla, donde todo el año era verano. La caza era perfecta y los cueros se iban apilando, los “indios” los visitaban como había sido convenido, pero su número era menor, solo veinte o veinticinco venían y partían ni bien recibían la carne. Fausto estaba algo intrigado por saber el destino de esta gente, dónde estaban asentados y cuántos eran, pero hasta el momento se conformaba con no tener inconvenientes con ellos y poder continuar con sus tareas tranquilamente.


La tierra dio una vuelta completa al sol y las cosas no cambiaron demasiado, solo algunas escapadas a la ciudad, para intercambiar carnes por otros alimentos, alteraban el curso de los días y por supuesto, las infaltables visitas de los ”amigos” locales, a quienes los de la ciudad llamaban “naturales” o “Pampas”, la palabra “pampa” en Quechua significa “llanura”, los españoles la pluralizaron llamando así a sus habitantes. Un día, ya harto de tanta tranquilidad y superado por su curiosidad, Fausto decide conocer más de los nativos y aprovechando una de sus visitas, los sigue a una distancia prudente, para no ser detectado. Luego de varios kilómetros, estos llegan a una toldería de 50 tiendas, para una población de 200 ó 250 personas. Sus viviendas estaban hechas con cueros y ramas, esto le brindó la pauta, que no eran sedentarios que practicaran la agricultura, evidentemente, eran recolectores y cazadores, por ello sus viviendas eran simples y de fácil armado y transporte. Después de pensarlo brevemente, galopa lento hacia la aldea (no había llegado hasta acá solo para mirarlos a la distancia) y a unos cien metros desmonta y continua a pie, los nativos casi no le prestan atención, solo los niños corren a su lado y ríen felices y curiosos. Esta actitud de poca sorpresa le llama la atención, llegó al centro y fue entonces que de una tienda sale el jefe con quien había negociado. Este hombre le sonríe y saluda con agrado, al tiempo que lo invita a pasar a su tienda, en el interior había varias mujeres, que prontamente se retiraron, quedando solo una muy anciana, que saluda a Fausto en claro español. La grata sorpresa lo hace reír y comenzar una conversación con la anciana de piel oscura, pero no negra, algo intermedia entre el negro y el blanco, pero distinta a la de los mulatos que él conocía. La anciana le informa que hará de intérprete ante el jefe, para que puedan hablar con mayor comprensión, por lo primero que le dice Fausto es su nombre y pregunta el del jefe. La anciana le responde con palabras casi impronunciables para él, “hatun uturunku”, luego ríe y se lo traduce como “gran jaguar”, nombre que le pareció bastante apropiado para este hombre hábil y aparentemente muy fuerte. Conversaron por largo tiempo y eso le hizo comprender la sabiduría que poseía Gran Jaguar, quien le dejó en claro que no estaba disconforme con el trato que tenían, pero estaba preocupado si otros quisieran hacer lo mismo. Era lógico, había ganado suficiente para ellos, pero si se tornase en una “invasión” por parte de los blancos, para hacer el mismo negocio que Fausto, esto pondría en serio peligro el equilibrio de las presas y en consecuencia la existencia de su pueblo. Fue honesto al decirle que tuvo tribulaciones con respecto a esta situación, que lo más conveniente sería expulsarlo de sus tierras y así evitar una posible futura invasión, pero al mismo tiempo creía en la posibilidad de una convivencia pacífica, si se respetaban las condiciones necesarias para no destruir el medio. Lamentablemente, Gran Jaguar, desconocía al hombre blanco y su apetito insaciable y desmedido, como también ignoraba cuántos blancos existían en el mundo y Fausto, a pesar de sentirse como un salvaje frente a la sabiduría de este jefe, creyó que no era conveniente seguir hablando de este tema por el momento. No pudo dejar de sentir cierta angustia al pensar en la preocupación de Gran Jaguar, debido a la distinta filosofía que ostentaban sus respectivos pueblos. Ver a un hombre perdido en la distancia del mundo, en una vasta llanura lejana a toda “civilización”, pensar en la abundancia, en cuidar la naturaleza y como contrapartida, en su gente que solo podía verla como el peor depredador, lo estremeció. Para cambiar de tema, Fausto le preguntó si podía decirle cuántos años hacía que habitaban estas tierras y el jefe le explicó que sus ancestros se remontaban a tiempos lejanos, cientos de años y le mostró un casco español, posiblemente de los primeros colonos, que guardaban hacía varias generaciones. También aprovechó para saber por qué su presencia no había causado la sorpresa, que él creía lógica, en su gente y el jefe sonrió y le respondió que sabían de su presencia desde que partieron de su refugio y que hasta tuvieron que aminorar el paso para hacer posible que los siguiera. Desde que conversaron por primera vez, el jefe supuso que en algún momento intentaría llegar hasta él y hasta admitió que esperaba que lo hubiese hecho antes. Fausto no pudo simular su sorpresa ante esta confesión y su expresión lo delataba frente al sabio jefe.

Ver la paz que reinaba entre esa gente, que con muy poco disfrutaba de la vida en armonía con su medio, le replanteó su propia vida, su civilización y sus deseos. Quiso quedarse un par de días junto a esta gente, quería conocerlos un poco más y si era posible, asimilar algo de su cultura, por lo que le pidió al jefe su permiso, quien con gusto le hizo preparar una tienda para alojarlo. Sintió curiosidad por saber como esta anciana hablaba tan bien el español y cuando tuvo la oportunidad se lo preguntó, la anciana invitó a seguirla y caminaron hasta alejarse un poco del resto de la gente. En unos matorrales la anciana se sentó y sacó algo de entre sus ropas, era una especie de pipa, tallada de un madero, la llenó con lo que tenía en una pequeña bolsita de cuero y comenzó a fumar, inmediatamente el lugar fue invadido por un aroma extraño, profundo y desconocido. La anciana le extiende la mano y le ofrece su pipa a Fausto, quien solo por cortesía la acepta, pero al inhalar el humo comienza a toser, su garganta se le cerró por unos segundos y no podía evitar el ahogo. La anciana miraba el horizonte y su semblante se iluminó, lo observó de costado y sonrío, luego le dijo “tranquilo, solo un poco y retenlo dentro”. Fausto comenzó a sentirse extraño, levemente mareado y repentinamente se echó a reír, miles de pensamientos lo atropellaron y le era imposible desarrollarlos todos, al tiempo que creía que la anciana lo comprendía sin siquiera hablarle. Contempló en rostro de la anciana y descubrió una belleza que hasta entonces le había sido oculta, la anciana comenzó a hablar como si lo hiciese con el viento.

─Desde que era una niña, mi madre me enseñó tu idioma y yo se lo he enseñado a mi hija y esta a la suya, por lo que verás no soy la única que te puede entender bien.

─¿Pero de quién lo aprendieron?

─De ustedes, por supuesto, pero hace muchos años, creo que más de cien, cuando llegaron por primera vez y no sé bien el porqué, pero nuestros pueblos lucharon y destruimos su aldea, muchos años después volvieron y construyeron la que está hoy y no hemos vuelto a luchar, solo nos mantenemos alejados unos de otros.

─¿Pero solo así aprendieron nuestro idioma?

─En realidad no, uno de ustedes quedó prisionero y convivió con nosotros, hasta punto de ser uno de mis ancestros, por lo que mi familia es la responsable de mantener ese conocimiento y así lo hemos transmitido de generación en generación.

─Entonces tienes algo de española en tu sangre.

─Si, española como lo llaman ustedes, aunque yo prefiero pensarlo como una combinación de pueblos y culturas, sin naciones.

La tarde terminaba sus últimas horas y las primeras sombras indicaban que era hora de regresar a la aldea, Fausto se sentía algo extraño todavía y la anciana lo tomó del brazo y lentamente caminaron. En el trayecto la anciana le comenta.

─Seguramente has tenido hoy pensamientos que no habías tenido antes, no te angusties, es normal, ya te acostumbrarás.
 
─¿Cuál es su nombre? ─preguntó repentinamente Fausto, como si en ese instante fuese fundamental.

─No creo que lo pudieras pronunciar, pero su traducción es algo como “verde pradera grande”, por lo que me puedes llamar Verde ─sonriendo continuaron caminando.

Fausto se encerró es sus pensamientos por unos instantes, aunque no estaba seguro de controlar el pasar del tiempo. Sus ideas se superponían y parecían cada vez más profundas, suponía encontrar respuestas, pero estas se escapaban con rapidez, el placer y la tristeza lo abordaban jugando con sus sentidos. No estaba seguro de querer acostumbrarse, percibía un mundo diferente, por segundos, placentero y en otros, angustiante.

La noche había ganado el escenario y se encontró recostado dentro de su tienda, no tenía certeza de como había llegado, pero tampoco le importó, se sumergió en un sueño hondo y confuso.

El alba lo despertó con gran apetito, por lo que se incorporó y salió a ver que podía hacer. Al salir se encuentra con una escena particular, todos estaban en grupos formando círculos y en el centro de cada círculo, había un fuego calentando agua. Estaban alegres y mientras comían una pasta parecida al pan, se pasaban por turno, un pequeño recipiente con una pajilla, que en cada entrega era llenado con el agua caliente y todos sorbían de él. Evidentemente, era una infusión como el té, lo extraño que lo tomaban a través de una cañita. Se acercó al grupo donde estaba el jefe y Verde, siendo recibido con sonrisas, convidado con alimento. Pronto le entregaron el pequeño recipiente, era la corteza de media calabaza, lo agarró y chupó de la cañita, notó al principio que era algo dificultoso, que la cañita parecía estar un poco tapada, pero igualmente, el agua pasaba lentamente y la infusión le resultó muy agradable, aunque un poco amarga. Este ritual se mantuvo por una hora, esta gente no tenía apuros y gozaba de la comunicación que su “ceremonia” les brindaba. Fue entre las charlas que Verde le explicó que era una planta secada y picada lo que bebía y que la cañita tenía una semilla perforada para impedir el paso de la hierba, actuando como filtro, por eso le era algo forzoso sorber. Cuando la reunión llegó a su fin, las mujeres se dispusieron a realizar sus tareas diarias y los hombres se agruparon, montaron sus caballos y partieron al galope. Fausto preguntó hacia donde se dirigían y Verde le respondió que, simplemente, iban a practicar sus habilidades, por lo que Fausto los quiso observar, pidió permiso al jefe para seguirlos y corrió a montar su caballo.

El espectáculo que estos hombres le ofrecieron fue magnífico, la destreza y agilidad de sus movimientos le hacía pensar que hombre y caballo eran una sola cosa, mientras el lanzamiento de sus peculiares armas, una cuerda con bolas en los extremos, era impecable, casi perfecto. Esto le hizo recordar lo conveniente de su acuerdo, honestamente, no le hubiese gustado tener que enfrentarse a tamaños adversarios, ni aun con la supuesta ventaja de sus armas de fuego.

De retorno a la aldea comprendió que ya era tiempo de regresar con los suyos, no quería alarmarlos con una ausencia muy prolongada, cosa por lo que le comunicó a Gran Jaguar su partida, pero antes de marcharse, tuvo la necesidad de estar unos minutos con Verde.

─Verde, tengo que hablar contigo.

─Caminemos muchacho, ¿qué quieres decirme?

─Tengo que pedirte un favor.

─Dime que quieres.

─Probablemente no nos volvamos a ver, cuando me reúna con mi gente levantaremos el campamento y partiremos muy lejos. No supe cómo despedirme de Gran Jaguar, en realidad no tuve el coraje. He aprendido muchísimo en este breve tiempo y tengo que reconocer que estoy avergonzado, no he sido totalmente honesto con él, no pude hablarle de mi gente, de como se comporta y cuáles son sus conceptos con respecto a ustedes y no puedo hacerlo frente a él. Hay algo en el jefe que me impide ser sincero, creo que es la vergüenza que siento en la comparación.

─ ¿Y por qué me lo dices a mí?

─ Es que no me puedo marchar sin advertirlo de alguna forma y tú eres la persona adecuada. Tienes que explicarle que mi pueblo no es como el de ustedes, que no respeta las mismas cosas y que creo imposible una sociedad pacífica entre ambos. Los blancos deseamos muchas cosas que ustedes no conocen ni creo que les interesen, pero ese deseo nos hace comportarnos como verdaderos salvajes, sin escrúpulos ni límites, y si llegasen a descubrir lo que aquí pueden conseguir, no dudarán en destruirlos para obtenerlo. Yo solo puedo jurarte que obligaré a mis hombres a no divulgarlo, pero no puedo asegurar que suceda y evitar que otros vengan y los perjudiquen. Dile a Gran Jaguar que no confíe en el hombre blanco, no somos buenos y somos demasiados ─La anciana lo mira piadosamente y luego de unos segundos decide responderle.

─ Joven Fausto, agradezco tu buena intención, pero creo que no has conocido lo suficiente a Gran Jaguar. Él es un hombre sabio y conoce a tu gente, sabe de lo que son capaces, pero indudablemente confía en que no todos son iguales y tú eres su prueba, la que le da la razón. Cuando te habló de sus dudas por el acuerdo que ustedes hicieron, probablemente no comprendiste que estaba estudiando tus reacciones y notó tu vergüenza y angustia, por lo que de todos modos está dispuesto a intentarlo. Si te consuela en algo, te diré que nuestros peores posibles enemigos no sean los blancos, son gente de nuestro color que viene desde el sur, del otro lado de las montañas. Los dioses han determinado nuestro destino y a nosotros solo nos queda obrar acorde con nuestras costumbres y conciencia y seguramente, así lo haremos. Yo le diré lo que me has dicho y espero que tengas una buena vida.

Se despidió besando la mano de la anciana, sin poder dejar de pensar en lo estúpido que era. A pesar de quedar impresionado por Gran Jaguar desde un comienzo y reconocerlo como un hombre sabio, comprendió que, igualmente, no le había otorgado el crédito que realmente tenía, que sus prejuicios, aunque luchara por eliminarlos, lo habían traicionado, le habían impedido ver la totalidad. Con estos pensamientos inició su regreso. Al llegar a su asentamiento lo recibe inquieto William, quien se había preocupado por su ausencia.

─ ¿Se puede saber dónde te habías metido? ─fue la recepción de William.

─ Hola, amigo ─responde Fausto sonriendo.

─ No te burles, he estado preocupado.

─ Discúlpame, pero he estado muy ocupado visitando a nuestros “amigos”.

─ ¿Has ido con los salvajes?

─ Sí, y yo no los llamaría salvajes, porque si ellos son salvajes, ¿cómo llamarnos a nosotros mismos?

─ Perdón, pero no te entiendo.

─ No importa, tal vez hablemos de esto en otro momento, creo que ya tenemos lo que vinimos a buscar y es tiempo de partir.

─ Por fin, creí que no llegaría nunca este momento, estoy realmente cansado de estar aquí.

─ Entonces manos a la obra, preparémonos, mañana partimos.

Al día siguiente, un 23 de febrero de 1674, en una mañana cálida en esta región, Fausto, William y sus hombres se despiden de estas tierras luego de casi dos años en ellas. Con suficientes provisiones y los depósitos del barco repletos de pieles partieron rumbo a Inglaterra, donde eran muy apreciados estos cueros. Si bien este viaje conllevaba varios riesgos, no solo tenían que lidiar con el mar y los piratas, también se presentaba la dificultad que ni Fausto ni William eran ingleses, sobre todo la condición de escocés de William lo hacían temerario. Inglaterra estaba gobernada por Carlos II (también conocido como“Carlos el alegre monarca”, debido a la cantidad de hijos ilegítimos de los cuales reconoció a 14), rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda, con quien se había restablecido la monarquía. Hijo de Carlos I quien había sido destituido y decapitado públicamente en 1649, luego de ser derrotado por Oliver Cromwell al mando del ejército parlamentario. En estos tiempos la inestabilidad y las luchas por el poder eran constantes en casi todo el planeta, pero en estos dos últimos años (1672-1674), Inglaterra, junto a Francia, estaban en guerra contra las Provincias Unidas de los Países Bajos. Tercera Guerra Anglo-Holandesa, la cual había concluido solo unos días atrás con el Tratado de Westminster, cosa que, por supuesto, los jóvenes aventureros ignoraban. Otro inconveniente que desconocían, era que la comercialización de pieles en Inglaterra, estaba en manos de la Compañía de la Bahía de Hudson, también conocida por sus siglas HBC, fundada como compañía privilegiada por el rey en 1670, otorgándole el monopolio del comercio sobre la región bañada por los ríos y arroyos que desembocan en la bahía de Hudson en el norte de América del Norte. No obstante, al margen de su desconocimiento, poco le importaba a los jóvenes los problemas que tuvieran que enfrentar, debido en parte por su valor y otra por su inconsciencia.


"El joven Fausto" Capítulo VII (original)




El retorno a La Tortuga


Con la solución a su prioridad, los jóvenes buscaron hacer lo más corto posible el tiempo de espera y para ello fueron a conocer un poco más la ciudad. Fausto no estaba muy seducido con repetir su aburrida incursión anterior a Lisboa, pero no tenía ninguna otra opción, en cambio, William estaba más entusiasta y pronto Fausto comprendería el porqué. Cuando William tomó las riendas del recorrido por Lisboa, daba la sensación de saber perfectamente donde dirigirse, luego de caminar por unos minutos, se detuvo frente a una casa que en apariencia no se diferenciaba de las demás, parecía otro lugar de compras tan común en la ciudad, pero al entrar, Fausto comprendió que los “negocios” que allí se realizaban, poco tenían que ver con el intercambio comercial tradicional. El interior era una taberna, donde evidentemente se podía comer y beber, la particularidad es que era atendida por señoritas muy bellas (dignas representantes de Afrodita) y con escasas prendas, solo una bata o túnica muy aligerada, ya que no cubría desde el cuello, por el contrario, presentaban un escote extremadamente pronunciado, con tajos a los costados que permitían observar el contorno de las piernas en su totalidad. Se instalaron en una de las mesas y rápidamente una de las señoritas se aproximó para atenderlos, como no era aún el mediodía, Fausto eligió tomar algo de ron, pero William le aconseja probar una bebida originaria y muy popular del lugar, un vinho do Porto, a lo que por curiosidad Fausto acepta. La nueva bebida, para Fausto, causó una muy agradable experiencia en su paladar y pronto solicitó otra, a pesar de sus cortas edades, estos jóvenes estaban bien habituados a las bebidas alcohólicas, pero en el caso de Fausto, este jamás había bebido un vino de estas características (fortificado). Cuando Fausto solicita su tercera jarra, William le recomienda tener cuidado, ya que la suavidad de esta bebida permitía beber más de lo acostumbrado y sus efectos eran tan o más fuertes, pero para ese entonces, Fausto gozaba de una borrachera que anulaba su típica conducta y un estado de exagerada alegría se adueñó de su espíritu. La conversación se transformó en incoherente, aunque William mantenía su cordura, aún permanecía con su primera jarra de vino, a diferencia de Fausto, que había terminado la tercera. William llama a una de las señoritas y le susurra algo al oído, esta sonríe y con una seña llama a otra, que de inmediato se arrima a Fausto y lo toma de la mano, arrastrándolo prácticamente hacia un piso superior, al tiempo que William y la otra señorita los siguen, una vez en el primer piso, cada pareja ingresa a un cuarto distinto y permanecen allí por la siguiente hora. Cuando William sale del cuarto se dirige al de Fausto y lo encuentra tendido en la cama totalmente dormido, la señorita que lo acompañaba estaba sentada a un costado y con gesto de desencanto se retiró. Tiene que esforzarse para lograr despertarlo y luego de varios sacudones obtiene un precario resultado, al hacerle abrir los ojos, lo sopapea hasta tener su atención.

─Amigo, creo que no has aprovechado adecuadamente la ocasión ─ríe al tiempo que lo sujeta por los hombros.

─¿Qué sucede, desde cuándo estoy aquí?

─Pues hace solo una hora y creo que no ha sido suficiente para ti ─le informa con tono burlón.

─Es que... creo haber llegado con una hermosa mujer, ¿dónde esta?

─Acaba de marcharse y me pareció que no muy satisfecha.

─Siento como si me estuviesen golpeando la cabeza.

─No te preocupes, es normal, has bebido demasiado rápido una buena cantidad.

─Uf, no recuerdo con claridad, pero sí, esa bebida es más fuerte de lo que parecía, debiste prevenirme
le reprocha a su amigo.

─Pero lo hice, aunque creo que algo tarde, pero no me culpes, ¿o no eres lo suficientemente grande para hacerte cargo de tus actos? ─le responde socarrón.

─Vaya amigo resultas.

─Amigo sí, pero no padre, ahora si quieres que me comporte como tal, arriba que es hora de comer algo, pero tú beberás solo agua.

─Tampoco te tomes atribuciones, recuerda que te he salvado la vida, miserable ─recuperando algo de lucidez.

─Bajemos ya hombre, me estás aburriendo.

Volvieron a la planta baja y ordenaron algo para comer, los atiende la joven que había estado con Fausto, que sonriendo le acaricia el rostro con gesto maternal.

─Vaya, vaya, parece que has despertado el interés de esta mujer ─comenta William, ni bien la joven se aleja.

─Dadme un poco de tiempo y dejaré en buen lugar mi hombría.

─Ahora solo piensa en comer, ya tendrás otra oportunidad para intentarlo ─se burla.

─Verás como esta belleza se enamora de mí, puedo ser un buen amante.

─Seguro hombre, seguro, ja, ja, ja, sobre todo después de la experiencia obtenida en la isla, ja, ja.

─Ahora que me la recuerdas, te aseguro que se me hace difícil separar lo real de lo soñado, en realidad mis recuerdos son como verdaderos, ¿te sucede lo mismo?

─Ni decirlo, aún siento esos doblones en mis manos y a la mujer que estaba allí.

─Es increíble, yo hasta creo recordar los sabores de los alimentos que nos traía y el placer que me brindaba esa joven, lo que no comprendo como puedo recordar algo que desconozco, realmente no lo entiendo.

─Amigo, eso quedará dentro del misterio que esa isla encierra y celebremos el hecho de poder estar hablando de eso.

─Tienes razón, de todos modos, aprovecharé la experiencia que me brindó con esta mujer ─rio con placer.

Terminaron de comer y estuvieron un largo rato charlando, recordando las cosas vividas y especulando con lo que pensaban hacer cuando lleguen a América, hasta que, como era de esperar, Fausto llama a la joven y se retira hacia el primer piso, mientras le dice a William.

─Tú haz lo que te parezca, yo tengo una deuda pendiente que pienso saldar, nos vemos luego.

─Como quieras amigo, yo no tengo deudas, por lo que estaré aquí esperándote.

Luego de una hora vuelve Fausto con rostro triunfante, junto a él la joven mujer con apariencia de muy complacida, cosa que hacía engrandecer aún más a Fausto. Era tan evidente el orgullo que se apoderaba de él, que hasta había variado su forma de caminar, pisaba con más firmeza y su pecho parecía querer escapar de su cuerpo, como quien respira profundamente para sumergirse en el agua y permanecer lo máximo posible debajo de ella. William lo observa hasta con curiosidad, algo sorprendido por la actitud de Fausto.

─Bueno, parece que has saldado tu deuda ─continua con su tono burlón.

─Puedes decir lo que quieras, pero eso no cambiará nada, he conocido el paraíso.

─Entonces Adán, ¿podemos marcharnos ya?

─Cuando tú quieras, ahora comprendo por qué estabas tan entusiasmado por “recorrer” Lisboa. Ahora dime, ¿cómo sabías de este lugar?

─Simple, lo conocí la semana que pasamos antes de partir, cuando buscaba lugares para negociar.

─Maldición, yo pronto me aburrí y solo esperé a que esa semana pasara.

─Conformate, podemos volver antes de partir ─volvieron al día siguiente y permanecieron hasta el anochecer, luego retornaron a la posada.

Cuando amanecía se encontraban frente al barco del capitán, quien al observarlos los invitó a subir y apenas lo hicieron, los marineros comenzaron a soltar las amarras para partir. El océano estaba tranquilo y el viento era propicio, por lo que pronto se perdió en el horizonte el puerto de Lisboa y solo el mar los rodeaba. De mantenerse estas condiciones su arribo a las costas africanas se daría en tres días y con suerte en aproximadamente un mes estarían cerca de las costas americanas, pero esto nunca se podía calcular con exactitud, ya que dependía de varios factores, fundamentalmente climáticos y de las paradas para aprovisionarse que debieran realizar, por lógica el mayor tiempo lo demandaría el salto del Atlántico que de ser bueno les llevaría un mes, pero no sería extraño que el viaje durase tres o cuatro meses, todo dependiendo de las refacciones que tuviesen que hacerle al barco en cada parada. La primera parada programada era en la región de Sene-Gambia, donde el capitán tenía uno de sus “contactos” para intercambiar sus baratijas y armas por esclavos. Según nos informó, la intención era conseguir 150 esclavos y recorrería la ruta de Guinea hasta llegar a esa cantidad.

Fausto conocía lo suficiente sobre el tráfico de esclavos negros africanos, como para detestar esta forma de obtener mano de obra buena y barata, para los trabajos en las colonias de América, pero como ya se le tornaba una costumbre, una cosa era tener la información y otra experimentarla. El tráfico de esclavos comenzó cuando los países colonizadores comprobaron que los esclavos nativos de sus colonias no tenían las condiciones físicas para los duros trabajos que se les imponía y que los negros africanos estaban mejor dotados para estos. Los españoles fueron los primeros europeos en utilizar esclavos africanos en el Nuevo Mundo en islas como Cuba y La Española, pero el aumento de la penetración en América por los portugueses creó una mayor demanda de fuerza de trabajo en Brasil, principalmente para cosechar y trabajar en las minas. Las economías basadas en la fuerza laboral de los esclavos rápidamente se expandieron al Caribe y a la franja sureña de lo que se conoce actualmente como Estados Unidos, donde los comerciantes holandeses llevaron los primeros esclavos africanos en 1619. Estas áreas desarrollaron una demanda insaciable de esclavos. A medida que las naciones europeas se hacían más poderosas, especialmente Portugal, España, Francia, Gran Bretaña y Holanda, comenzaron a luchar por el control del comercio de esclavos africanos. En estos tiempos el tráfico de esclavos era un negocio bien rentable y moralmente aceptado como lo más natural, pero Fausto odiaba la esclavitud, su espíritu libre y aventurero, lejos estaba de aprobar tal sometimiento, pero poco o nada importaban sus ideas y debía resignarse a las reglas de juego impuestas. En un reciente establecimiento francés que pronto sería Saint-Louis, recogieron 50 esclavos y como estaba programado, continuaron por las costas de Guinea realizando varias paradas, hasta terminar en San Jorge de la Mina, donde lograron llegar a la cantidad deseada de esclavos y luego de reaprovisionarse iniciaron el viaje hacia América.



El viaje fue bastante agradable, si consideramos que viajar en estos tiempos no era muy placentero, pero el hecho de no sufrir ningún inconveniente grave era motivo suficiente para verlo así. Durante los 35 días que navegaron cruzando el océano, el tiempo se dilataba, haciendo las horas interminables, solo las conversaciones con el capitán hacían una interrupción en la monotonía de los días, por lo que comprendieron el interés de este en llevarlos de tan buena gana. El capitán no gozaba de una cultura amplia y demostraba cierto placer en conversar con los jóvenes de temas que escaparan a la rutina de un barco negrero. Fausto le había solicitado permiso para supervisar las condiciones de los esclavos y el capitán aceptó muy conforme de que cuidaran de su mercancía, era la única forma en que Fausto hacía menos terrible su sensación de impotencia ante esta miserable comercialización, pero, a pesar de sus esfuerzos, varios fallecieron debido a las pésimas condiciones en que eran transportados, hacinados y mal alimentados.

El 12 de mayo de 1672 llegaron a la isla de Puerto Rico, precisamente al puerto de San Juan, donde hicieron una parada de solo 6 horas. La isla era propiedad del reino español, controlada por la Casa de Contratación en Sevilla, que regularizaba el intercambio comercial lícito, pero este comercio estaba muy disminuido debido a los impuestos que debían pagarse y que encarecían las mercancías significativamente, obligando a los habitantes de Puerto Rico a recurrir a otro tipo de intercambio para satisfacer sus necesidades, por lo que era común el contrabando con barcos de distintas banderas, (francesa, inglesa y holandesa). Esto explicaba por qué el capitán había cambiado la bandera portuguesa por la inglesa en su barco y lo breve de su parada, donde negoció la venta de 30 esclavos y se aprovisionó para continuar viaje al destino final, Nueva York. En realidad se conocía más por el nombre de Nueva Ámsterdam, ya que había sido un asentamiento fortificado neerlandés por casi 40 años, luego que Pierre Minuit había “comprado” la isla de Manhattan a los indios lenapes, por 60 florines de mercancías, un equivalente a 25 dólares, pero había sido rebautizada cuando los ingleses la conquistaron en 1664, en la Segunda Guerra Anglo-Neerlandesa, en honor del duque de York, hermano del rey Carlos II de Inglaterra. El capitán era amante de conocer nuevos lugares y estaba fascinado con llegar a Nueva Ámsterdam, por lo que había comprado un mapa de esta ciudad, hecho por el francés Gerard Jollain, pagando una importante suma por este. Lo curioso es que luego descubriría que no correspondía a tal ciudad, que en realidad era el mapa de la ciudad de Lisboa, ligeramente retocado para darle credibilidad y por eso tuvo en sus manos uno de los fraudes más grandes en la historia de la cartografía.

Los jóvenes le informaron al capitán que su destino era la isla La Tortuga y si bien solo se encontraba a menos de 400 Km, estaba en sentido Oeste y la ruta del capitán era hacia el Noroeste, por lo que le pidieron que los dejara en la costa de La Española. Una vez más el capitán deja ver su extraña gentileza y decide llevarlos directamente a La Tortuga, argumentando que no conocía la famosa isla y que solo lo demoraría un día, gracias a esto Fausto y William, en el atardecer del 14 de mayo, estaban pisando los muelles de la isla.

Sin demorarse ni un minuto, Fausto se dirige a su escondite, que en realidad era el lugar donde habitaba desde niño en la isla, una precaria choza donde había sepultado su botín. Al llegar encuentra que ya poco quedaba de su morada, pero luego de cavar un tiempo encuentra lo que estaba buscando, un cofre lleno de piezas de oro y plata, ante tal visión William queda perplejo.

─Pero Fausto, ¡esto es una fortuna!

─Es solo una pequeña parte del botín que supo hacer el Olonés ─responde Fausto complacido.

─Es mucho más de lo que esperaba ─acota William sin salir de su asombro.

─Debemos ser cuidadosos, no quisiera que este fuese el motivo de nuestro fin.

─Seguro, cualquiera nos mataría para quedárselo, pero sinceramente no te entiendo, ¿teniendo todo esto arriesgaste tu vida en una aventura que solo se justificaba por la necesidad?

─Amigo, el dinero no es la única necesidad que tenemos en la vida y mucho menos cuando ya lo tienes.

─Yo te aseguro que con una fortuna como esta, difícilmente tendría una necesidad que no pudiera comprar, ja, ja, ja.

─No lo creas ni por un segundo, estarías en un grave error.

Había llegado el momento de decidir que hacer de aquí en más, pero los jóvenes no tenían los mismos planes. William deseaba hacerse de una fortuna y Fausto seguir con su vida de aventurero, esto hacía que si querían permanecer juntos debían encontrar algo que satisficiese a ambos. La elección no era fácil, casi toda América se encontraba en permanente conflicto, si no era entre las potencias colonizadoras, lo era contra la piratería y también contra los aborígenes de cada región. Esto hacía bastante complicado decidir cuál lugar sería el más propicio para aventurarse y poder hacerse de alguna riqueza. En un principio habían pensado en la ciudad de Panamá, pero esta había sido destruida por completo, a principios del 71, por el pirata Henry Morgan y en agosto un violento terremoto (de San Bartolomé), había dejado en ruinas a San Salvador, que era otra posible opción, hasta que Fausto recuerda una breve conversación con uno de los marineros, quien le había hablado de una pequeña ciudad al sur del Brasil, llamada La Trinidad. Le comentó que era un buen lugar para alguien que quisiera iniciar su propio negocio, ya que si bien se encontraba bajo el dominio de España y bajo el control del Virreinato del Perú, la gran distancia hasta Lima hacía que estuviese descuidada por la corona y sus pocos habitantes practicaban el contrabando, (fundamentalmente con el Brasil) para subsistir. Lo más interesante es que, según este marino, sus praderas estaban llenas de rebaños (vaquerías) de bovinos que vagaban sin dueño por los campos y con la necesidad en Europa de cueros, era una interesante oportunidad. Fausto le comenta esto a William y este, ante la posibilidad de hacer buen negocio, acepta de inmediato la propuesta, aparentemente este era el destino que le daría a ambos lo que deseaban, ahora el problema era llegar a esas tierras lejanas.





"El joven Fausto" Capítulo VI (original)


                                                                                                                       
Casi un milagro



La segunda noche pasó lentamente, pero con el alba, Fausto distingue una figura en el horizonte, que poco a poco se convertía en un navío. Tomaron los maderos y comenzaron a remar con fuerza en su dirección, la forma del barco tomaba cada vez más definición, por suerte se dirigía hacia ellos, hasta que por fin la distancia se hizo lo bastante corta como para intentar ser oídos por sus gritos o vistos al mover sus brazos. El momento más gratificante fue cuando escucharon un disparo de mosquete que provenía del barco, era la señal que los habían divisado. Los dos jóvenes se abrazan, ríen y gritan de alegría, el esperado “milagro” se había producido, aunque aún le faltaba conocer otra sorpresa a Fausto. Cuando estaban por subir al barco, desde la cubierta escucha una voz familiar que le grita: “vaya, vaya, a quien vengo a encontrar en medio del mar, ja, ja, ja, muchacho, realmente tienes mucha suerte, ja, ja, ja.” El anciano Mefisto estaba sobre la cubierta con los brazos abiertos y Fausto lo observa impávido.

─ ¿Pero qué hace usted aquí? ─exclama Fausto.

─ Viajo muchacho, simplemente eso ─responde Mefisto minimizando la situación.

─ Con su perdón señor, no es que me desagrade, al contrario, es que me resulta asombroso encontrarlo aquí y justo en un momento tan particular para mí.

─ Ja, ja, ja, ¿momento particular?, tú vives en constantes momentos particulares.

─ Puede que así sea, pero convengamos que este es un poco más particular, en una balsa, en medio del mar y sin saber si sobreviviría, encontrarlo en mi salvación no deja de sorprenderme.

─ Bueno, entonces si te digo que fui yo quien le sugirió al capitán un pequeño desvió y que casualmente este hiciera posible que los encontráramos, ¿qué piensas ahora?

─ Realmente ya no sé qué pensar, lo que sé es que en ese caso estoy más en deuda con usted.

─ Tú no me debes nada aún muchacho, aunque eso no quita que lo hagas más adelante ─volvió a reír.

─ Curiosamente soñé con usted la primera noche en la balsa y en mis sueños me decía que me quede tranquilo, que estaría bien y pronto me vería.

─ Eso puede que sea porque no tienes muchas personas en quien pensar cuando estás solo y probablemente, para ti yo sea como una especie de padre o tutor, alguien de quien puedes esperar ayuda.

─ Si es posible. ¿Puedo saber hacia dónde viaja y por qué dejó su herrería?

─ Como no, hacía rato que quería volver a viajar, es algo que he hecho durante toda mi larga vida y creo que tu ausencia me decidió. También extrañaba mi Europa y por eso aquí estoy, volviendo a casa.

─ ¿Cómo que mi ausencia lo decidió?

─ Y si muchacho, tú eras el único motivo que me mantenía en esa pequeña isla, el hecho de que vinieras y escucharas mis historias me reconfortaba mucho, pero al irte con el Olonés comencé a extrañarte y más aún cuando decidiste partir en este largo viaje.

─ ¿Pero como supo que había comenzado este viaje?, yo no le dije nada y de La Tortuga me fui a Jamaica, ¿cómo pudo saber usted lo que había hecho? ─la curiosidad de Fausto crecía a cada instante.

─ Ya te he dicho mi muchacho que sé muchas cosas, tengo mis medios y que algún día te confesaré, pero ese día no ha llegado aún ─responde Mefisto enigmático e indescifrable.

─ Le confieso que genera una expectativa en mí por la llegada de ese día.

─ Muchacho, no te impacientes, todo llega y ese día llegará. Ahora debes preocuparte por recuperar tus energías y descansar junto con tu amigo.

─ Perdón, con la sorpresa olvidé presentarlo, es el capitán del barco en que viajábamos, William Kidd, señor.

─ Un capitán joven, estimado William ─Mefisto le extiende la mano.

─ A sus órdenes señor, supongo que es la persona de la que Fausto me había hablado ─comenta William al estrecharle la mano.

─ Pues no sé qué te ha dicho, pero es muy probable que así sea, pero basta de charla y hagan lo que deben, tendremos tiempo para hablar luego.

Fausto y William son invitados a comer algo en el camarote del capitán, mientras le preparan dos hamacas para dormir en la cubierta, como todo el resto de la tripulación, con excepción del capitán y Mefisto, que compartían el camarote. Dormir de día en la cubierta no es habitual, pero dadas las circunstancias lo intentaron. Lograron dormir hasta el mediodía, cuando el bullicio de la tripulación los despertó, debido a la única comida caliente del día, como en casi todos los barcos, donde el cocinero guisaba en unos enormes calderos de hierro, colocados sobre una lumbre al descubierto. La comida era abundante, pero monótona, se utilizaba aceite, ajos, alubias, habas, garbanzos con cecina, tocino, bacalao o sardina en salazón, carne salada, bizcocho o galleta de harina de trigo. También había vino, pero se racionaba por hombre y por día por ser caro, cada marinero tenía su escudilla de barro o plato de madera, una cuchara de madera y un puñal completaban la vajilla. Luego de haber comido, cada marinero volvió a su rutina y los jóvenes rescatados estiraron las piernas caminando por la cubierta. Mientras caminaban, Fausto vio a Mefisto que observaba el mar y se acercó con la intención de continuar su conversación.

─ Buenas tardes, señor, ¿busca algo en el horizonte?

─ Muchacho!!!, ya se te ve mejor, no, no busco nada más, solo observo, me gusta el mar.

─ Honestamente no he podido dejar de pensar en sus dichos, me resultan tan extraños y, por otro lado, sospecho que usted no bromea cuando los dice, para colmo pareciera que, indefectiblemente, se cumplen y eso me confunde más aún.

─ Ya te lo he dicho, llegará el momento oportuno de explicarte todo, no lo dudes ─Mefisto fue determinante, impidiendo que se continúe con el tema.

─ Perfecto, ¿hacia dónde se dirige exactamente? ─habiendo comprendido, Fausto lleva la conversación a un terreno más trivial.

─ Tengo que visitar a un par de jóvenes amigos en Erfurt, Alemania. Son hermanos gemelos y uno de ellos tiene un deseo bastante particular, son descendientes de una gran familia de músicos y sus descendientes también lo serán. Probablemente, serán la familia más grande de músicos de toda la humanidad.

─ ¿Y puede usted decirme cuál es ese deseo?

─ Por supuesto, no es ningún secreto ─sonrió antes de continuar- Uno de estos hermanos quiere que un hijo suyo, se convierta en uno de los músicos más importantes del mundo.

─ ¿Qué nombre tiene ese músico?

─ No creo que tenga demasiada importancia para ti, pero te lo diré de todos modos, se llama Johann Ambrosius Bach.

─ ¿Y cómo puede usted ayudarlo en su deseo?

─ Con consejos, muchacho, con buenos consejos simplemente ─sus ojos brillaron en su mordacidad─ ¿Y tú, qué piensas hacer en Europa?

─ No tengo la menor idea, no era lo que tenía planeado. Estaba viajando hacia África cuando la tormenta nos alejó y naufragamos, creo que William se encuentra en la misma situación, veremos como continuar.

─ Veo que aprecias a ese joven.

─ Le tengo estima en realidad, puede que sea por ser mi primer amigo de una edad cercana a la mía.

─ No creo que puedan estar juntos durante mucho tiempo, pero por un par de años será bueno para ambos que lo estén, es probable que vuelvan a necesitarse en alguna de sus empresas.

─ ¿Es otra de sus predicciones o una simple especulación? ─pregunta ahora cáustico Fausto.

─ Ja, ja, te estás volviendo algo suspicaz muchacho.

─ No pretendí molestarlo, señor.

─ No te preocupes, no me molesta, al contrario, me divierte y por favor, no me llames más señor, Mefisto es más breve que Mefistófeles, si lo prefieres.

─ Es que me parece que señor corresponde mejor a muchacho.

─ Ja, ja, ja, suspicaz e irónico, buena combinación Fausto, buena combinación─se retiró riendo.

En ese momento William se acerca y le pregunta de qué estaba hablando con Mefisto, a lo que Fausto responde restando importancia.

─ De nada en especial, pero si me preguntó que haríamos tú y yo en el futuro próximo.

─ Es una buena pregunta, ¿tú tienes alguna idea?, porque yo honestamente no.

─ Realmente no, no tengo una idea clara, pero será necesario volver a La tortuga, si queremos tener dinero, veremos una vez que lleguemos a tierra, que calculo será al anochecer.

─ Como te parezca, yo en este momento estoy un poco abatido y no estoy en condiciones de proponer ideas, espero recomponerme pronto, no me gusta sentirme así, por otro lado, hasta hace muy poco estábamos a la buena de Dios en una precaria balsa y eso me hace pensar que todo es posible ─puso su mano sobre el hombro de Fausto─ Estoy comenzando a padecer tu absurdo optimismo, joven amigo ─ambos sonrieron.

Efectivamente, llegaron al anochecer a puerto, el cual estaba prácticamente desierto, luego de despedirse del capitán y la tripulación, Mefisto lleva a Fausto y a William a una posada para pernoctar, en la mañana se despide de ambos, ya que está presuroso por ir a Alemania y antes de partir le dice a Fausto.

─ Te aconsejo volver a visitar al capitán del barco que nos trajo, es posible que te ofrezca una solución a tus necesidades, cuídate, ya nos volveremos a ver y toma un poco de dinero para subsistir unos días, les hará falta ─Fausto intento no aceptarlo, pero Mefisto se lo puso en la mano y sonrió─ Ahora si me debes algo ─luego partió.

Acostumbrado ya a los “mensajes” de Mefisto, Fausto no dudo en dirigirse al puerto en compañía de su amigo, al llegar encontraron al capitán organizando la descarga de las mercancías de su barco.

─ Buenos días, capitán.

─ Buenas jóvenes, supongo que habéis descansado bien ya ─responde amablemente.

─ Sí, gracias, hacía bastante que no dormíamos tan tranquilos.

─ ¿Y qué están haciendo aquí?

─ En realidad buscamos la forma de volver a América.

─ Pues si no tienen demasiada prisa, en un par de días partiremos hacia África y luego llevaremos la carga a América.

─ Sería perfecto, el inconveniente es que estamos sin dinero para pagar los pasajes.

─Ja, ja, ja, pagar los pasajes, nadie habló de pagar algo, sois amigos de Mefistófeles y eso los convierte en mis invitados muchachos, con gusto los llevaré.

─ Podemos ayudar de alguna forma para compensar vuestra gentileza.

─ De ninguna manera, he dicho que son mis invitados, además me agrada la idea de tener con quienes charlar en estos viajes tan largos. En dos días partimos al amanecer, espero que estén aquí para entonces.




"El joven Fausto" Capítulo V (original)


La isla del sueño



Las primeras luces surgieron en el horizonte, fue entonces cuando el capitán divisó una pequeña isla a poca distancia y sin dudarlo se lanzaron a nadar hacia ella, cuando por fin llegaron a la playa, se derrumbaron en las cálidas arenas quedando profundamente dormidos. Al despertar Fausto se encontró con una visión extraña y agradable, una hermosa joven nativa estaba a su lado y le ofrecía algo de beber, se incorporó y quiso hablar con ella, pero fue imposible porque, indudablemente, no comprendía su idioma, bebió el agua de coco que esta le ofrecía y buscó con su vista al capitán, comprobando que no estaba y con gestos intentó preguntarle a la joven por él, luego de varios intentos, la joven sonrió y le hizo señas como para que la siga. La playa era seguida de una intensa vegetación, pero un sendero claramente visible indicaba el camino que la joven iba a tomar, Fausto la siguió sin temor, pero con cierta intriga, había algo que lo confundía y no podía dilucidar. A pocos metros se encontraron con un claro donde había un par de improvisadas casas, hechas con troncos y paja, seguida estas por la entrada a una caverna. La joven le indica la caverna y cuando se acerca es sorprendido por el capitán, quien a los saltos lo abraza con desbordante alegría.

─ Amigo, esto es increíble, no creerás lo que he encontrado ─dice el capitán eufórico─ ¿De qué hablas William ¿Qué te causa tanta alegría?

─ Ven y obsérvalo tú mismo ─responde el capitán al tiempo que lo arrastra hacia el interior de la cueva.

Al entrar unos pocos metros se encuentra con un cofre abierto y lleno de doblones de oro español, una increíble fortuna se encontraba en una cueva en una pequeña isla desconocida. La sorpresa de Fausto fue interrumpida por la clara risa de la bella joven, quien lo estaba llamando desde una choza. Al dirigirse hacia ella, esta le hace evidentes gestos preguntando si quiere comer algo y ante la pasividad de Fausto, le toma de la mano y lo ingresa a la choza, al entrar se distinguen una cama de paja y varios frutos sobre una improvisada mesa, en su mayoría desconocidos por Fausto. La joven se sienta y comienza a comer, invitándolo a hacer lo mismo y al hacerlo, descubre sabores magníficos, únicos, tan exquisitos que se le hacía difícil elegir uno por sobre otro. Luego de haber saciado su hambre, se extiende en el suelo, tratando de pensar en lo que estaba sucediendo, todo era demasiado perfecto y continuaba con su extraña sensación, que a pesar de lo agradable de todo, no podía disipar, fue entonces que la joven se quitó su poca vestimenta y completamente desnuda se recostó en la cama, mientras miraba a Fausto con una sonrisa sensual y sugerente, y este a pesar de sus tribulaciones, se dejó llevar por la sugestiva invitación, entregándose por completo a un placer aún desconocido por él, pero que desde que la vio en la playa, era un deseo que estaba floreciendo en sus pensamientos y en su cuerpo.

Los dos días siguientes pasaron de la manera más perfecta, el clima era ideal y la joven nativa solo desaparecía por un par de horas para retornar cargada de alimentos, cada vez más variados y exquisitos, para ambas chozas, teniendo tiempo de sobra para complacer a Fausto cuando lo deseara. Mientras tanto, William Kidd seguía contando los doblones, extasiado en su codicia, hasta que de pronto, como de la nada, se hizo presente otra joven, igualmente hermosa y que rápidamente se reunió con el joven capitán. Ante la embriaguez que esta vida le brindaba a los jóvenes marinos, parecía imposible no desear que continuase por algún tiempo como mínimo, pero de todos modos, por momentos Fausto lograba retomar sus dudas, se preguntaba de dónde provenían estas muchachas bellísimas y lo dispuestas a sus anhelos que se prestaban, sin ningún tipo de vacilación o queja, sin pretender en apariencia absolutamente nada y dispuestas a hacerles la vida lo más placentera posible, cosa que hacían de muy buena forma, pero cuando sus interrogantes se hacían más intensos, casualmente, la joven lo interrumpía y lo sumergía en horas de placer inigualables.

La cuarta noche Fausto tuvo un sueño en el cual se encontraba en el barco del Olonés escuchando los relatos de los viejos piratas, cuando de pronto despertó sobresaltado, instintivamente arrancó un trozo de su camisa e hizo dos bolitas con los que tapó sus oídos. En ese sueño recordó cuando los viejos le relataban su historia favorita sobre la isla del sueño y que la única forma de poder abstraerse a su encanto era evitando escuchar el canto de su naturaleza. Cuando observó a su alrededor, todo comenzó a ser borroso y teñirse de verde, comprendió entonces que no se encontraba en una choza, sino que estaba envuelto en una vegetación exuberante y viscosa. Se sentía muy débil, pero con las pocas fuerzas que le quedaban tomó la daga que tenía en su cintura y cortó las plantas que lo envolvían, cuando por fin estuvo libre recuperó algo de fuerza y pudo incorporarse, fue allí cuando vio al capitán en la misma situación y lo liberó inmediatamente. Lo tuvo que zamarrear varias veces para lograr despertarlo y cuando lo consiguió, el joven William lo miró perplejo, como si no comprendiera nada y su mente estuviese en blanco, luego de unos segundos pudo reaccionar y preguntar qué sucedía, para ese entonces Fausto ya le había tapado sus oídos y esto hizo que el capitán volviese a sus cabales.

─ ¿Qué sucede Fausto?, ¿dónde estamos? ─preguntó desconcertado.

─ Debes gritarme, de lo contrario no puedo escucharte y por ninguna razón te quites los tapones de los oídos ─explica Fausto a los gritos.

─ ¿Qué está sucediendo? ─volvió a preguntar el capitán, esta vez gritando.

─ Mucho William, pero no hay tiempo de explicaciones ahora. Debemos buscar la forma de salir de esta isla lo más pronto posible, tienes que ayudarme, debemos armar una balsa con lo que podamos.

La luz que reflejaba la Luna iluminaba con intensidad la playa, se dirigieron hacia ella donde encontraron el mástil que los había acercado a la isla, estaba junto a partes del barco que la corriente había arrojado, fue entonces que supusieron que eran los únicos sobrevivientes del naufragio. Con las cuerdas que estaban enganchadas al mástil, ataron varios maderos para darle mejor flotabilidad e improvisaron un par de remos. La suerte estaba de su lado, ya que un barril de agua había sobrevivido y estaba en la playa, lo subieron a su precaria balsa y sin más se lanzaron al mar. La corriente los alejó rápido de la isla y pudieron sacarse los tapones de los oídos, fue recién entonces cuando Fausto decidió darle respuestas al capitán.

─ Mira, no sé lo que recuerdes tú, pero sea lo que sea es falso, esta isla está maldita y gracias a lo que creía cuentos de viejos piratas, supe que debía hacer para poder escapar, lo más extraño es que lo recordé en un sueño o por lo menos eso creo, porque ya no sé con seguridad qué es real. Debo admitir que lo que recuerdo haber vivido en esta isla fue hermoso, pero lamentablemente irreal.

─ Pues yo recuerdo tener muchos doblones de oro y una joven hermosa ─comenta con cierta nostalgia el capitán.

─ Si, también recuerdo como contabas los doblones y yo la estaba pasando muy bien con otra joven y antes que tu ─sonríe Fausto.

─ Es extraño que ambos compartiéramos el mismo sueño, ¿no te parece?

─ Es otro misterio de esa isla, ¿cómo logrará hacerlo?, es como si leyera nuestras mentes y descubriera nuestros mayores deseos, fusionándolos para que todo pareciese perfecto y mientras soñamos se alimenta de nuestra energía, de nuestras almas. Algo hermoso y terrorífico a la vez.

─ ¿Cuánto tiempo crees que hemos estado en esta isla?

─ No lo sé, pero supongo que no mucho, caso contrario estaríamos muertos.

─ Bueno, para serte franco, no creo que duremos demasiado ahora y estoy dudando cuál sería la mejor muerte. Si pudiese elegir la forma de morir, la que la isla ofrece me parece la más tentadora ─comentó irónicamente─ de todos modos debo agradecerte haberme salvado la vida, estaré en deuda por siempre contigo, aunque el siempre, creo, será muy breve.

─ Confieso que hay algo de lógica en lo que dices, pero yo no estoy dispuesto a morir aún, por más bella que se me ofrezca la muerte.

─ ¿Pero, que piensas hacer ahora? ¿Qué esperas, un milagro?

─ No lo sé, pero alguien me dijo que falta mucho para mi final y creedme que esa persona sabe cosas muy extrañas y en cierto modo confío en que no se equivoca. Por lo pronto no debemos desesperar, tenemos algo de agua y podremos sobrevivir varios días, todo puede pasar, tened fe. 

Por el resto de la noche casi no hablaron, cada uno estaba sumergido en sus propios pensamientos hasta que ambos quedaron dormidos. Cuando dormía Fausto soñó que Mefisto le hablaba, diciéndole que se quede tranquilo, que tenga confianza porque todo estaría bien y que pronto lo vería. Con el amanecer despertó, se sentía muy débil y al observar a su alrededor solo contempló el mar, extremadamente tranquilo, que dibujaba un horizonte circular sin nada más que agua, miró al joven capitán William y se preguntó si este no tendría razón,si el fin que les esperaba era mucho peor que el que la isla les había ofrecido. Se sacó la raída camisa blanca y con uno de los maderos que usaron como remos armó una bandera, pensando que si algún barco pasara lo suficientemente cerca podría verla, aunque lo más probable es que ellos pudieran divisar mucho antes a cualquier barco, que estos a ellos.

 

El día se hizo interminable, el hambre hacía que cada hora fuese una tortura, William solo miraba el horizonte, mientras Fausto pensaba como conseguir algo para comer, por un instante Fausto pensó que las cosas no estaban tan mal, ya que por lo menos contaban con el barril de agua y sabía que era peor sufrir de sed que de hambre. Al atardecer distingue algo en el agua, era la aleta de un pequeño tiburón, instintivamente tomó su daga con una mano, mientras que con la otra sacudía el agua, su intención era que el pequeño tiburón pretendiera atacarla y así tener la posibilidad de atraparlo de alguna forma. La vibración de la mano de Fausto en el agua parecía llamar la atención del tiburón, pero no se acercaba lo suficiente, hasta que lo perdió de vista, se había sumergido por debajo de la balsa y un par de segundos después una difusa mancha hace que retire su mano del agua, en el mismo instante que el tiburón intentó atacarla. La sorpresa no le permitió reaccionar como hubiese deseado, por lo que volvió a sacudir el agua, estando más atento para la próxima vez, que no se hizo esperar demasiado. En esta oportunidad, el tiburón se sumergió de frente a Fausto y esto le permitió calcular el momento del ataque, cuando observó nuevamente la mancha bajo el agua, acercó la mano con la daga y en el instante que el tiburón quiso morder su mano izquierda, le acertó un golpe con la derecha, clavando la daga hasta la empuñadura en la cabeza del pez. El agua comenzó a teñirse de rojo y el tiburón quedó sacudiéndose, sin dudarlo Fausto se arrojó sobre él y lo apuñaló varias veces hasta que no se movió más, luego lo agarró por la boca y nadó hasta la balsa. Cuando pudo subir él y su presa, recién entonces William lo mira sorprendido

─ Bueno, ¿Qué opinas William, lo podremos comer? ─sonríe con satisfacción.

─ Pues no será lo mejor que he comido, pero dudo que sobre algo ─ambos rieron.

El pequeño tiburón, de menos de un metro de largo, pasó de depredador a presa y fue como un banquete para estos dos jóvenes hambrientos, que solo dejaron la piel áspera, algunas viseras y los huesos. Cuando comenzó a oscurecer los ánimos eran distintos, el pescado les había renovado las energías y con estas la esperanza, por lo que al anochecer estaban dispuestos a platicar.

─ Ahora, ¿Qué crees que suceda? ─comienza interrogándolo William.

─ En realidad no lo sé, tuve un sueño anoche y en ese sueño, la persona que te dije me aseguró larga vida, me decía que todo va a salir bien, pero lógico, fue un sueño, aunque a veces creo que hay algo más, pero no lo puedo explicar.

─ ¿De dónde eres Fausto y cuál es tu nombre completo?, solo te presentas con tu primer nombre.

─ Es que en realidad solo sé que me llamo Fausto, porque de muy niño me llamaban así, no recuerdo otro nombre que este.

─ ¿Pero de dónde eres?, ¿Dónde has nacido?

─ No lo sé, solo recuerdo que bajé de un barco en la isla de La Tortuga siendo un niño y que estaba solo, por lo que tuve que mendigar para sobrevivir, hasta que tuve la edad suficiente para realizar algunos trabajos y eso es todo lo que puedo decir
.
─ Comprendo, pero lo extraño es que eres muy educado para tus antecedentes.

─ En ese tiempo, una buena señora, además de darme alimentos, me enseñó a leer y quería que fuese a su casa para que leyera los muchos libros que tenía, cosa que hice hasta hace poco. Pero dime tú, ¿quién eres para haber sido capitán de un barco con tu edad? ─evidentemente, a Fausto no le interesaba hablar de él y por eso pasó a ser quien preguntara.

─ Yo nací en Greenock, Escocia, el 20 de enero de 1645, por lo que tengo 27 años y fui capitán, gracias a que gané ese barco en un juego de cartas ─ladeó su cabeza con resignación.

─ ¿Cómo que lo ganaste con las cartas?

─ Sí, se lo gané a su capitán, quien estaba muy borracho y lo apostó, cuando perdió no quiso cumplir, por lo que peleamos y terminé matándolo. Junto a él estaba su primer oficial, quien reconoció mi propiedad, pero me dijo que él y sus hombres no navegarían bajo mis órdenes, por lo que se marcharon dejándome solamente el barco. Como no sabía que hacer con un barco, se me ocurrió esto del comercio triangular, para lo cual compré las mercancías que vendí en Lisboa y recluté a esos pocos marinos, con la promesa de una buena recompensa al término del viaje, ya que se me había acabado el dinero, por lo que mi futuro dependía en gran parte del éxito de esta empresa.

─ No te preocupes demasiado, todavía eres joven y aparentas menos edad de la que tienes aún, puedes empezar de nuevo, es más, yo puedo ayudarte.

─ ¿Y cómo puedes ayudarme?, en el supuesto que sobrevivamos, claro.

─ Tengo algún dinero de mis tiempos con el Olonés, escondido en la isla La Tortuga, yo solo hice este viaje porque me interesaba vivir la experiencia que me podía otorgar y vaya que lo hizo. Por sobrevivir, ni te preocupes, estoy seguro de que algo bueno pasará y vamos a estar bien.

─ Honestamente, no sé si eres muy optimista o inconsciente, pero ¿Qué otra opción tengo?


"El joven Fausto" Capítulo IV (original)

Un largo viaje

 


Fausto sentía la necesidad de viajar, de cumplir en parte con sus originales deseos, pero de una forma distinta, ya no con la fantasía del pirata, pero sí con su inagotable ansia de aventura aún no satisfecha. No sabía con exactitud donde dirigirse, solo sabía que debía tomar algún rumbo hacia un destino incierto, desconocido y el mar era el camino que lo llevaría hasta él.

Los días siguientes pasaron sin prisa, el desaliento era el común denominador y la inquietud su más elevada expresión. En la isla todo parecía detenido en el tiempo y el único verdadero interrogante permanecía inmóvil, pero expectante en la herrería. Fausto intuía que la relación con Mefisto estaba incompleta y al mismo tiempo temía averiguar más, debía esforzarse para no ir a su encuentro, su precaución era mayor a su curiosidad, por lo que no volvió a pasar cerca de la herrería. Luego de días sin sentido, comprendió que debía buscar una nueva salida, por lo que se embarcó hacia Jamaica, creyendo que desde otro punto de partida podría encontrar su destino.


Jamaica había sido transferida de hecho a Inglaterra en 1670, según las disposiciones del Tratado de Madrid y pronto se convirtió en uno de los principales centros de comercio de esclavos del mundo (los ingleses acudieron a la importación a gran escala de africanos, para ser usados como esclavos en las plantaciones de azúcar), en esos días era una de "las joyas en la corona inglesa" a causa de la prosperidad fabulosa que les produjo. Una vez instalado en Port Royal, se enteró de que un joven capitán pensaba partir hacia Europa y África, con la intención de realizar el "comercio triangular". Esta denominación se debe al hecho que, sobre el mapa, se trazaba una figura similar a un triángulo, al involucrar tres continentes. Lo curioso de este joven capitán era que su comercio triangular no comenzaría, como era habitual en Europa, su intención era llevar mercancía de América (Bacalao en conserva, algodón, ron, azúcar, tabaco y cacao) hacia Portugal, luego pasar por África para intercambiar armas y productos manufacturados europeos por esclavos negros (estos esclavos eran en su mayoría africanos de las zonas centrales y occidentales del continente, prisioneros de las guerras entre etnias rivales que eran vendidos por comerciantes africanos de esclavos a compradores europeos) y retornar a las islas Antillas o la costa americana para venderlos. Normalmente, esta ruta comenzaba en Europa (principalmente en las islas británicas) con carga de cascabeles, espejitos, cuentas de colores y telas de baja calidad, para realizar el intercambio, pero este capitán estaba en Jamaica, por lo que creyó que podía realizar su negocio en sentido opuesto. A Fausto no le interesaban las intenciones comerciales del capitán, su interés se limitaba a realizar un viaje de larga duración y poder recorrer tres continentes, esperaba que un viaje de esta dimensión ampliara sus horizontes y le brindara la oportunidad de vivir alguna nueva aventura.

En la mañana del 14 de marzo de 1672, el joven capitán William Kidd está dispuesto a partir junto a Fausto, quien había comenzado una buena relación con el capitán, probablemente, por su pasada experiencia como pirata, la cual Fausto le había confesado y que le brindaba cierto conocimiento para evitar ser presa de la piratería que amenazaba su travesía. Si bien Fausto solo fue pirata durante unos tres años, el hecho de estar bajo la tutela del Olonés, le otorgaba un prestigio relativamente importante sobre los métodos que los piratas utilizaban para lograr éxito en sus andanzas y para la inexperiencia del capitán, era un conocimiento verdaderamente valioso.

El viaje comenzó sin inconvenientes y su primer tramo hasta Lisboa fue tranquilo, gracias al buen tiempo que gozaron en la mayor parte del trayecto. Una vez en Lisboa, mientras el capitán estaba abocado a sus negocios, Fausto aprovechó para conocer la capital, tenían programado permanecer una semana antes de partir hacia África y no quería desperdiciar la oportunidad por banales intercambios comerciales. Lamentablemente, para Fausto Lisboa era un conglomerado de casas de tres a cinco pisos, de los cuales el bajo se utilizaba como tienda y los últimos como almacenes para comerciantes, por lo que nada resultaba interesante fuera de la actividad comercial en una población de casi 100.000 almas. El reino de Portugal estaba regentado por Pedro II, ya que su hermano, el rey Alfonso IV, presentaba signos de demencia. Era una época dorada para Portugal debido a su ubicación, ya que el puerto natural que creaba el estuario del río Tajo lo convirtió en punto adecuado para el comercio europeo con el lejano oriente, África y América, además de contar con su principal colonia Brasil, que le ofrecía gran cantidad de productos y oro, la inmigración voluntaria desde Europa y el comercio de esclavos de África aumentó la población de Brasil inmensamente. Al margen de esto, para Fausto fue una semana interminable, hasta que por fin llegó el día de partir hacia África, más precisamente al golfo de Guinea, para continuar con el comercio triangular.

En esta etapa el viaje no resultó como en la primera, partieron por la tarde y al oscurecer el tiempo comenzó a desmejorar y tuvieron que soportaron lluvias y vientos muy intensos, hasta el punto de
desviarse de su ruta original, que consistía en bordear las costas africanas, esta desviación los internó en el océano Atlántico, donde las condiciones se volvieron extremas. Una terrible tormenta continuó al mal tiempo reinante, las olas producidas por el viento hacían creer que podían hundir al barco en cualquier momento y este se encontraba a merced de la naturaleza, ya que el timón era insuficiente para controlar la dirección deseada y el velamen tuvo que ser arriado para impedir que el fuerte viento lo destroce junto a los mástiles. Fausto nunca había vivido, en sus pocos años de marino, una tormenta semejante y esto se reflejaba en su rostro, el cual no difería demasiado al de los marineros más expertos, quienes conocían las posibles consecuencias de una tormenta como la que tenían encima. Varios marineros fueron arrojados por el oleaje al mar, por lo que los que permanecían en cubierta se ataron a alguna parte firme del barco, mientras el timonel, quien estaba atado al timón, hacía lo posible por mantener al barco a barlovento, para enfrentar con la proa al viento y marejada. El inconveniente mayor es que al navegar a palo seco o a la Bretona, al no portar un mínimo de velas, no tenían arrancada suficiente para tomar las olas como corresponde, hasta que, inevitablemente, el barco quedó atravesado al tren de las olas y una enorme le dio la vuelta campana. En ese momento Fausto se encontraba junto al capitán en el camarote de este y la sacudida y posterior vuelta los arrojo por los aires. Cuando tomaron conciencia de la situación, su mundo estaba invertido, el agua penetraba rápidamente y solo quedaba una burbuja de aire en el piso, ahora techo del camarote. Ambos se encontraron en ese pequeño espacio y Fausto le grito al capitán que debían salir urgente de ahí, nadaron hasta poder salir del camarote y del mismo barco, del que solo quedaba fuera del agua su línea de flotación. A pesar de estar a poca distancia uno del otro, era difícil comunicarse debido al ruido producido por la tormenta, un trozo de madera de gran tamaño aparece junto a ellos, era el mástil que había sido arrancado del barco. Con todas sus fuerzas, Fausto le grita al capitán que se aferre al mástil e intente atarse con las cuerdas del mismo que volaban en todas direcciones, así lo hicieron y permanecieron varias horas hasta que la tormenta amainó.

Ambos estaban agotados y la oscuridad aún no les permitía ver casi nada, por lo que solo cruzaron pocas palabras para saber el estado de cada uno y aguardaron en silencio el alba.                                                                                   





"El joven Fausto" Capítulo III (original)


Fin del Olonés


Durante los dos años siguientes aterrorizaron las costas de Centroamérica, cometiendo robos, asaltos y asesinatos, hasta que un día el navío naufragó en un banco de arena. La tripulación se hallaba hambrienta y pese a todas las medidas (descarga de cañones y objetos de peso) el navío no consiguió volver a flote. Durante seis meses, con las pocas provisiones que podían obtener en su precario asentamiento, deben defenderse de los incesantes ataques de los indios. Varios de los hombres del Olonés murieron a causa de estos ataques, Fausto fue herido y estuvo a punto de fallecer, pero milagrosamente sobrevivió gracias al médico prisionero. Finalmente, consiguen mediante barcas planas, construidas por ellos con maderas del lugar y partes del barco encallado, llegar hasta la desembocadura del río San Juan, que le abre el camino hacia el lago Nicaragua. Pero una vez allí, los indios y los españoles les fuerzan a retroceder, solo quedaban 15 hombres en total, incluyendo a Fausto, por lo que debieron continuar con ayuda de las velas, recorriendo las costas del golfo de Darién. Habiendo bajado a tierra para encontrar víveres y agua potable, fueron sorprendidos por nativos pertenecientes a la tribu kuna, un grupo tribal e indígena de Panamá, que practicaban el canibalismo. Ante la inferioridad numérica y la sorpresa del ataque, los hombres del Olonés fueron capturados. Quizás el mismo destino que decidió que Fausto permaneciera junto al capitán, decidió también que fuera el único sobreviviente, ya que en la emboscada logra escapar y ocultarse, tal vez para poder relatar el triste fin del Olonés. Cuando los hombres fueron llevados por los Kunas, los siguió en un intento de poder rescatarlos, pero cuando llegaron a la aldea indígena, comprendió que no tendría ninguna oportunidad, inmediatamente comenzaron a torturarlos salvajemente y luego de "divertirse" un rato los asesinaron. Fausto observó como terminaron con la vida del Olonés, sufrió el martirio de ser troceado en vida antes de ser comido. Fue entonces que, después de salir de su horror, comprendió que debía alejarse lo máximo posible de ese lugar, por lo que comenzó a correr hasta que no tuvo más fuerzas, pero siguió caminando sin descanso. Luego de varios días llega a Portobelo y allí consigue embarcarse en un barco inglés que se dirigía a Jamaica, para luego continuar hacia la Île de la Tortue.



Cuando llegó a la isla, su primer objetivo fue ir a visitar al anciano herrero, que como de costumbre estaba trabajando en el yunque. Al acercarse y por primera vez, dedicó su completa atención a examinar la mirada del anciano, quien al reconocerlo le regala una sonrisa y extiende sus manos al tiempo que dice:

─ ¡Muchacho! Tanto tiempo sin vernos, ¿cómo has estado?

─ Bien señor ─contesta sin dejar de observarlo fijamente.

─ Ven, siéntate, tenemos mucho que hablar ─el anciano percibe la inquietud de Fausto─ No me has visitado en las otras oportunidades que volviste a la isla y eso me preocupa, ¿hay alguna razón que desconozco?

─ En realidad sí, la hay, y creo que es tiempo de conversar con usted. Primero quiero contarle que sucedió con el Olonés ─le relató con detalles lo vivido y la experiencia que había adquirido desde que se incorporó a la tripulación del capitán.

─ Bueno, ya sabías sobre la conducta del Olonés y su fama antes de embarcarte con él y eso no fue impedimento para que lo hicieras, ¿de qué te arrepientes ahora?

─ No es que me arrepienta, es simplemente que he aprendido cosas que antes ignoraba y honestamente, hoy probablemente mi decisión sería otra. La vida que soñaba como pirata no resultó lo que esperaba, no hay romanticismo ni alegría en esa vida, es todo un penar casi constante con solo instantes de celebración, la cual no debería ser tal considerando su causa, por sobrevivir triunfante de batallas nacidas por la avaricia o el odio, sin honor ni gloria alguna.

─ Comprendo querido Fausto, pero la vida es precisamente esto. Debes conocer para poder juzgar, de lo contrario, todo lo que pienses o desees es vano y fútil. La experiencia es la que te enriquece, que le da verdadero sentido a la vida, pero no te preocupes, volverás a equivocarte, eres muy joven aún y es necesario que así sea ─repentinamente cambió de tema─ Pero aún no salgo de mi asombro, vaya final para el capitán, lo que no pudo lograr el imperio español, lo hicieron unos salvajes, darle fin al O’lonés.

─ Fue horrendo, pero probablemente haya sido justo debido a su extrema crueldad, aún me sorprende el estar vivo, ser el único sobreviviente.

─ Si, mi amigo no era de las mejores personas ─sonrió.

─ Cuando conocí al capitán, me dijo que le conocía desde hacía mucho tiempo y que su nombre era Mefistófeles.

─ Es cierto, ese es mi nombre y conocí al capitán cuando este era un joven como tú.

─ Pero no entiendo, él me dijo que usted ya era anciano cuando lo conoció, ¿qué edad tiene usted ahora?

─ Mi edad es incalculable querido muchacho, pero esa es otra historia que algún día te contaré, porque pienso seguir por mucho tiempo más en este mundo ─rio con ganas.

─ Estoy algo confundido, debo admitir, ya que recuerdo que también dijo algo como "ese maldito viejo, de noble a herrero", ¿qué significa eso?

─ Ja, ja, ja, es que cuando me conoció era noble, pero he sido muchas cosas en mi larga vida, pero deja de preocuparte por ello, como ya te he dicho en el futuro lo entenderás. Yo estaré siempre cerca de ti y en el momento adecuado hablaremos, pero hoy no es ese momento, debes vivir muchas cosas aún y nuevas aventuras te esperan, por lo que debes partir hacia ellas. Fausto temió seguir interrogándolo, por instantes creía que se trataba de delirios de un anciano y por otros, sospechaba que había algo más que un delirio senil o una exclamación de deseo. Al mirarlo a los ojos descubrió algo inquietante, perturbador, que no había observado antes, por lo que decidió marcharse obedeciendo al anciano y hacer caso omiso a sus interrogantes. A pesar de sus dudas no podía dejar de apreciar al herrero, lo había ayudado muchas veces y le agradaba su compañía, sobre todo al recordar cuando le relataba las historias de piratas, que hoy le parecían fantasías para niños, gracias a la experiencia vivida. Se dirigió entonces a la casa del gobernador para informarle sobre el fin del Olonés y solicitarle su parte del botín, que había dejado a su resguardo en sus años de piratería junto al capitán, quien le había aconsejado hacer esto para no dilapidar, como lo hacían sus hombres, su parte. El actual gobernador Bertrand d’Ogeron lamentó la noticia y le entregó la pequeña fortuna que le correspondía. Fausto confiaba en el gobernador, pero prefirió, probablemente debido a la muerte del Olonés, esconder su botín en algún lugar donde solo él podría buscarlo.



"El joven Fausto" Capítulo II (original)



El capitán Fraçois L’Olonnais

 

Cuando llegó al puerto no le fue difícil encontrar al capitán, ya que al solo preguntar por él le supieron indicar donde estaba. El capitán era muy conocido por ser un gran pirata, pero lo era más aún por su crueldad, se contaban muchas historias sobre su brutalidad, principalmente dirigida hacia los españoles, algunos decían que había tenido una mala experiencia en su juventud con un español y por eso decidió hacerle la vida imposible a cuantos se cruzasen en su camino, así lo sentenció y así lo cumplió. L'Olonnais no dejaba títere con cabeza, utilizando las técnicas más crueles y salvajes a la hora de torturar a sus prisioneros, se hablaba de cómo les amputaba miembros o trozos de carne, para luego lanzarlos al fuego, pero quizás una de las historias más impactantes, es la que relata en una carta el médico de la flota pirata en el saqueo de Maracaibo, Alexandre Olivier Exquemelin, cuenta un caso en el que fue testigo:


"Yo asistí a una escena que en verdad me dejó estremecido de terror. En los primeros momentos del saqueo, habiendo hecho un prisionero, el Olonés le exigió que condujera a sus hombres a aquellos lugares donde hubiera mayores riquezas, porque su afán de apoderarse de ellas era muy grande. Pero el prisionero era muy bravo y se negó. El Olonés lo amenazó con someterlo a crueles tormentos, pero aun así el prisionero siguió resistiéndose. Entonces el Olonés ordenó que lo amarraran a un árbol y, cuando sus hombres se hubieron apresurado a cumplir esta orden, él de un tirón separó sobre el pecho del prisionero su casaca, y luego extrajo su cuchillo y le asentó un descomunal tajo que le desgarró la carne. La sangre brotó enseguida, pero esto no conmovió al Olonés. Con la ferocidad que le daba su odio a los españoles, introdujo la mano en la herida del prisionero y le arrancó el corazón, que ofreció a uno de sus propios hombres. Este se lo comió crudo, con la carne aún palpitante. Alexandre Oliver Exquemelin"


Fausto, como casi todos, había oído estas historias sobre el capitán, pero poca importancia tenían ante la posibilidad de formar parte de su tripulación, un trágico error escondido por la fascinación.

El capitán se encontraba en su navío ultimando detalles antes de salir a la mar y Fausto, en el muelle, esperaba que algún bote se dirigiera hasta él, para solicitar ser llevado. Al fin, un grupo de marineros le confirmó que eran de su tripulación y que podía subir al bote, cuando los remeros comenzaron a dirigirse hacia el barco, uno de los más viejos preguntó:

─ ¿Dime muchacho, tú sabes con quién pretendes hablar?

─ Sí, claro, con el capitán, el Olonés ─varios rieron maliciosamente y el viejo continuó.

─ ¿Sabes nadar muchacho?

─ Si señor, sé nadar muy bien.

Que bueno, pues lo más probable es que el capitán te arroje por la borda y tengas que nadar hasta aquí ─rieron todos grotescamente.

Fausto sonrió disimulando su inquietud, intuía que el capitán no era demasiado cortés, pero confiaba en el anciano herrero y eso le daba la firmeza suficiente para encararlo. Cuando llegaron al barco fue llevado a los empujones al camarote del capitán y una vez allí el marinero golpeó la puerta, la abrió y solo dijo "mi capitán, alguien desea verlo", con un par de palmadas en la espalda y un empujón dejó a Fausto frente al capitán. Este estaba sentado detrás de su escritorio con la cabeza inclinada sobre unos papeles, por lo que lo primero que pudo observar fue su figura delgada, su cabello oscuro algo ondeado hasta el cuello y su vestimenta prolija y elegante. Cuando alzó su cabeza su rostro mostró gran dureza, ojos claros, pero perversos y con una boca que correspondía con su mirada, sus rasgos eran finos e indudablemente crueles y adornaba su cara un bigote francés con una especie de penacho que caía de su labio inferior hasta la pera. Sin ningún tipo de amabilidad, preguntó:

─ ¿Quién eres muchacho y por qué me molestas? ─con tono severo.

─ Soy Fausto Sr.... eh... Capitán

─ ¿Y qué diablos quieres?

─ Quiero ser parte de su tripulación Sr., digo capitán.

─ Muchacho, ahora irás a cubierta y te arrojarás por la proa, si tienes suerte llegarás a la playa, te aseguro que si me haces levantar no tendrás tanta suerte.

─ Pero capitán, el anciano herrero me dijo que ya había hablado con usted y que podía formar parte de su tripulación.

─ Ja, ja, ja, ese maldito viejo, de noble a herrero, ya recuerdo, ¿así que eres el joven aventurero?, quédate entonces, si el viejo Mefisto te ha enviado debe tener sus razones y no creo conveniente contradecirlo. Ese maldito ya era viejo cuando lo conocí en mi juventud y vaya a saber por qué sigue vivo, pero estoy en deuda con él, digamos que tenemos un pacto y eso me obliga a responderle.

─ ¿Mefisto?, hace tiempo que lo conozco, pero nunca me dijo su nombre. Mefistófeles es el nombre de un demonio y es muy apropiado para él, creo por eso que casi nunca lo da a conocer, pero eso ya no tiene importancia, te quedarás en el barco, pero te anticipo que tu vida no será fácil de hoy en adelante, tendrás que ganarte tu alimento y demostrarme que eres útil, de lo contrario te arrojaré al mar para alimento de los tiburones.

─ Sí Sr... digo mi capitán, no lo defraudaré.

─ Más te vale muchacho, dile al que te trajo que te ubique y te de las tareas que crea puedes hacer, vete ya.

Así comenzó Fausto su vida de pirata, teniendo que hacer cuanto le pidieran y les aseguro que no era poco. Principalmente, era el mozo de camarote, por lo que debía limpiar el camarote del capitán, ayudar al cocinero y luego trabajar para el segundo oficial, quien se ocupaba de las velas, aparejos y del mantenimiento y limpieza de las cubiertas. Como siempre Fausto demostraba buena predisposición al trabajo, jamás se quejaba por todas las tareas que se le encomendaban, esto hizo que rápidamente lo iniciaran como polvorilla. Para los que no están familiarizados con los puestos en un barco pirata, les aclaro que el polvorilla es el joven grumete que se encarga de cargar y limpiar el cañón y si sobrevivían, eran ascendidos posteriormente a ayudantes de artillero o incluso a artilleros. En el primer combate que enfrentaron, aún no trabajaba como polvorilla, por lo que pudo permanecer en cubierta para observar absolutamente todo. La tripulación era de 25 hombres en total y se enfrentaban a un barco español con 70 marineros, parecía una tarea difícil, pero el coraje y la destreza de estos piratas la simplificaban lo suficiente. Los barcos españoles eran mercantes, generalmente eran carabelas o naos comerciales y muchas veces se arriesgaban a navegar desde La Española hacia Vera cruz, Portobelo, Maracaibo, La Guaira y Cartagena de Indias, sin la protección de los convoyes de galeones y/o carracas. Los piratas utilizaban armas de fácil manejo en un barco, como hachas, alfanjes, chuzos y dagas, también tenían mosquetes, pero estos solo los utilizaban para disparar desde el barco y lo hacían lo menos posible, ya que podían arruinar la "mercancía" por la que estaban luchando, por eso preferían las armas blancas para el combate cuerpo a cuerpo y no las pistolas que, además de ser muy lenta su recarga, podían humedecerse y no disparar. La estrategia de los piratas era bastante simple, primero disparar con los cañones al velamen de su rival para restarle maniobrabilidad y evitar que huyeran, para esto unían cadenas a las balas de cañón las cuales al ser disparadas se extendían, causando grandes daños en el velamen y los aparejos de sus víctimas. Una vez conseguido esto se efectuaban algunos disparos de mosquete para eliminar algunos enemigos y atemorizar, luego se acercaban para el abordaje. Unos con sus hachas terminaban de cortar las velas y así inmovilizar completamente al barco, mientras otros, la mayoría, se enfrentaba a los marinos españoles, quienes no estaban adiestrados para el combate, equipados con espadas de gran tamaño que les hacía dificultoso su empleo, ya que se necesita espacio para usarlas y esto era bien aprovechado por los lobos de mar. La lucha no duró demasiado, ante las bajas sufridas y el terror que se esparcía por todo el barco, los españoles se rindieron rápidamente y ese fue su error mortal. Generalmente, los piratas, al someter a un barco, le daban la oportunidad a los marineros de elegir unirse a ellos o morir, pero con el Olonés no existía tal opción. Luego de requisar todo el barco, el botín fue trasladado al navío pirata, solo los tres nobles y el cirujano sobrevivieron a la crueldad del capitán. Los nobles porque pedirían rescate por ellos (esta era la "mercancía" que temían dañar) y el cirujano por ser necesario, ya que no contaba con uno, el resto fue masacrado y quien más lo disfrutó fue el Olonés, terminando con el incendio del barco español.

Fausto trataba de simular su espanto, él solo aspiraba a la aventura debido a su juventud, desconociendo la realidad, la muerte y el salvajismo que representaban ser un pirata y más aún del Olonés. Comprendió que una cosa era escuchar las historias y otra muy distinta era vivirlas, que las "hazañas", los botines y la vida del pirata, no correspondían al romanticismo que él soñaba, la realidad de la vida en el mar estaba lejos de resultar placentera. Las condiciones eran terribles y la tasa de mortalidad, debida a enfermedades y heridas, era elevada, las duras condiciones de vida y los peligros constantes hacían que la vida de un pirata distara mucho de ser feliz. La falta de higiene, el hacinamiento en cubierta y la monótona comida eran excelentes semilleros de enfermedades. La mala nutrición les daba una precaria resistencia a las enfermedades y el peligro de morir de una epidemia a bordo era muy grande. La enfermedad más común era el escorbuto, aún sin descubrir, que se debía a la falta de vitaminas; la sífilis era otra enfermedad muy común. La experiencia vivida afectó profundamente los deseos de Fausto, ya no esperaba el alboroto de la tripulación al descubrir en la distancia una posible víctima, por el contrario, disfrutaba cada día sin novedad y su única distracción agradable era escuchar las historias fabulosas de los marineros más viejos, que acompañados de ron, contaban sus aventuras pasadas repetidas veces y cada vez que las repetían eran más extraordinarias. Algunas hasta para Fausto resultaban increíbles, como la que más le gustaba oír, sobre una isla que hacía prisioneros a todos los que tuvieran la desgracia de arribar a sus playas, bajo el influjo de un sueño permanente y aunque la historia era fantástica, la relataban con tanta seriedad que hacía dudar a cualquier escéptico. Fuera de estas reuniones nocturnas los días eran desdichados, pero a pesar de su desencanto no desertó, continuando junto al Olonés hasta su final, tal vez el destino o el capricho de un anciano, tenía planeado que así fuese.