"El joven Fausto" Capítulo IV (original)

Un largo viaje

 


Fausto sentía la necesidad de viajar, de cumplir en parte con sus originales deseos, pero de una forma distinta, ya no con la fantasía del pirata, pero sí con su inagotable ansia de aventura aún no satisfecha. No sabía con exactitud donde dirigirse, solo sabía que debía tomar algún rumbo hacia un destino incierto, desconocido y el mar era el camino que lo llevaría hasta él.

Los días siguientes pasaron sin prisa, el desaliento era el común denominador y la inquietud su más elevada expresión. En la isla todo parecía detenido en el tiempo y el único verdadero interrogante permanecía inmóvil, pero expectante en la herrería. Fausto intuía que la relación con Mefisto estaba incompleta y al mismo tiempo temía averiguar más, debía esforzarse para no ir a su encuentro, su precaución era mayor a su curiosidad, por lo que no volvió a pasar cerca de la herrería. Luego de días sin sentido, comprendió que debía buscar una nueva salida, por lo que se embarcó hacia Jamaica, creyendo que desde otro punto de partida podría encontrar su destino.


Jamaica había sido transferida de hecho a Inglaterra en 1670, según las disposiciones del Tratado de Madrid y pronto se convirtió en uno de los principales centros de comercio de esclavos del mundo (los ingleses acudieron a la importación a gran escala de africanos, para ser usados como esclavos en las plantaciones de azúcar), en esos días era una de "las joyas en la corona inglesa" a causa de la prosperidad fabulosa que les produjo. Una vez instalado en Port Royal, se enteró de que un joven capitán pensaba partir hacia Europa y África, con la intención de realizar el "comercio triangular". Esta denominación se debe al hecho que, sobre el mapa, se trazaba una figura similar a un triángulo, al involucrar tres continentes. Lo curioso de este joven capitán era que su comercio triangular no comenzaría, como era habitual en Europa, su intención era llevar mercancía de América (Bacalao en conserva, algodón, ron, azúcar, tabaco y cacao) hacia Portugal, luego pasar por África para intercambiar armas y productos manufacturados europeos por esclavos negros (estos esclavos eran en su mayoría africanos de las zonas centrales y occidentales del continente, prisioneros de las guerras entre etnias rivales que eran vendidos por comerciantes africanos de esclavos a compradores europeos) y retornar a las islas Antillas o la costa americana para venderlos. Normalmente, esta ruta comenzaba en Europa (principalmente en las islas británicas) con carga de cascabeles, espejitos, cuentas de colores y telas de baja calidad, para realizar el intercambio, pero este capitán estaba en Jamaica, por lo que creyó que podía realizar su negocio en sentido opuesto. A Fausto no le interesaban las intenciones comerciales del capitán, su interés se limitaba a realizar un viaje de larga duración y poder recorrer tres continentes, esperaba que un viaje de esta dimensión ampliara sus horizontes y le brindara la oportunidad de vivir alguna nueva aventura.

En la mañana del 14 de marzo de 1672, el joven capitán William Kidd está dispuesto a partir junto a Fausto, quien había comenzado una buena relación con el capitán, probablemente, por su pasada experiencia como pirata, la cual Fausto le había confesado y que le brindaba cierto conocimiento para evitar ser presa de la piratería que amenazaba su travesía. Si bien Fausto solo fue pirata durante unos tres años, el hecho de estar bajo la tutela del Olonés, le otorgaba un prestigio relativamente importante sobre los métodos que los piratas utilizaban para lograr éxito en sus andanzas y para la inexperiencia del capitán, era un conocimiento verdaderamente valioso.

El viaje comenzó sin inconvenientes y su primer tramo hasta Lisboa fue tranquilo, gracias al buen tiempo que gozaron en la mayor parte del trayecto. Una vez en Lisboa, mientras el capitán estaba abocado a sus negocios, Fausto aprovechó para conocer la capital, tenían programado permanecer una semana antes de partir hacia África y no quería desperdiciar la oportunidad por banales intercambios comerciales. Lamentablemente, para Fausto Lisboa era un conglomerado de casas de tres a cinco pisos, de los cuales el bajo se utilizaba como tienda y los últimos como almacenes para comerciantes, por lo que nada resultaba interesante fuera de la actividad comercial en una población de casi 100.000 almas. El reino de Portugal estaba regentado por Pedro II, ya que su hermano, el rey Alfonso IV, presentaba signos de demencia. Era una época dorada para Portugal debido a su ubicación, ya que el puerto natural que creaba el estuario del río Tajo lo convirtió en punto adecuado para el comercio europeo con el lejano oriente, África y América, además de contar con su principal colonia Brasil, que le ofrecía gran cantidad de productos y oro, la inmigración voluntaria desde Europa y el comercio de esclavos de África aumentó la población de Brasil inmensamente. Al margen de esto, para Fausto fue una semana interminable, hasta que por fin llegó el día de partir hacia África, más precisamente al golfo de Guinea, para continuar con el comercio triangular.

En esta etapa el viaje no resultó como en la primera, partieron por la tarde y al oscurecer el tiempo comenzó a desmejorar y tuvieron que soportaron lluvias y vientos muy intensos, hasta el punto de
desviarse de su ruta original, que consistía en bordear las costas africanas, esta desviación los internó en el océano Atlántico, donde las condiciones se volvieron extremas. Una terrible tormenta continuó al mal tiempo reinante, las olas producidas por el viento hacían creer que podían hundir al barco en cualquier momento y este se encontraba a merced de la naturaleza, ya que el timón era insuficiente para controlar la dirección deseada y el velamen tuvo que ser arriado para impedir que el fuerte viento lo destroce junto a los mástiles. Fausto nunca había vivido, en sus pocos años de marino, una tormenta semejante y esto se reflejaba en su rostro, el cual no difería demasiado al de los marineros más expertos, quienes conocían las posibles consecuencias de una tormenta como la que tenían encima. Varios marineros fueron arrojados por el oleaje al mar, por lo que los que permanecían en cubierta se ataron a alguna parte firme del barco, mientras el timonel, quien estaba atado al timón, hacía lo posible por mantener al barco a barlovento, para enfrentar con la proa al viento y marejada. El inconveniente mayor es que al navegar a palo seco o a la Bretona, al no portar un mínimo de velas, no tenían arrancada suficiente para tomar las olas como corresponde, hasta que, inevitablemente, el barco quedó atravesado al tren de las olas y una enorme le dio la vuelta campana. En ese momento Fausto se encontraba junto al capitán en el camarote de este y la sacudida y posterior vuelta los arrojo por los aires. Cuando tomaron conciencia de la situación, su mundo estaba invertido, el agua penetraba rápidamente y solo quedaba una burbuja de aire en el piso, ahora techo del camarote. Ambos se encontraron en ese pequeño espacio y Fausto le grito al capitán que debían salir urgente de ahí, nadaron hasta poder salir del camarote y del mismo barco, del que solo quedaba fuera del agua su línea de flotación. A pesar de estar a poca distancia uno del otro, era difícil comunicarse debido al ruido producido por la tormenta, un trozo de madera de gran tamaño aparece junto a ellos, era el mástil que había sido arrancado del barco. Con todas sus fuerzas, Fausto le grita al capitán que se aferre al mástil e intente atarse con las cuerdas del mismo que volaban en todas direcciones, así lo hicieron y permanecieron varias horas hasta que la tormenta amainó.

Ambos estaban agotados y la oscuridad aún no les permitía ver casi nada, por lo que solo cruzaron pocas palabras para saber el estado de cada uno y aguardaron en silencio el alba.                                                                                   





"El joven Fausto" Capítulo III (original)


Fin del Olonés


Durante los dos años siguientes aterrorizaron las costas de Centroamérica, cometiendo robos, asaltos y asesinatos, hasta que un día el navío naufragó en un banco de arena. La tripulación se hallaba hambrienta y pese a todas las medidas (descarga de cañones y objetos de peso) el navío no consiguió volver a flote. Durante seis meses, con las pocas provisiones que podían obtener en su precario asentamiento, deben defenderse de los incesantes ataques de los indios. Varios de los hombres del Olonés murieron a causa de estos ataques, Fausto fue herido y estuvo a punto de fallecer, pero milagrosamente sobrevivió gracias al médico prisionero. Finalmente, consiguen mediante barcas planas, construidas por ellos con maderas del lugar y partes del barco encallado, llegar hasta la desembocadura del río San Juan, que le abre el camino hacia el lago Nicaragua. Pero una vez allí, los indios y los españoles les fuerzan a retroceder, solo quedaban 15 hombres en total, incluyendo a Fausto, por lo que debieron continuar con ayuda de las velas, recorriendo las costas del golfo de Darién. Habiendo bajado a tierra para encontrar víveres y agua potable, fueron sorprendidos por nativos pertenecientes a la tribu kuna, un grupo tribal e indígena de Panamá, que practicaban el canibalismo. Ante la inferioridad numérica y la sorpresa del ataque, los hombres del Olonés fueron capturados. Quizás el mismo destino que decidió que Fausto permaneciera junto al capitán, decidió también que fuera el único sobreviviente, ya que en la emboscada logra escapar y ocultarse, tal vez para poder relatar el triste fin del Olonés. Cuando los hombres fueron llevados por los Kunas, los siguió en un intento de poder rescatarlos, pero cuando llegaron a la aldea indígena, comprendió que no tendría ninguna oportunidad, inmediatamente comenzaron a torturarlos salvajemente y luego de "divertirse" un rato los asesinaron. Fausto observó como terminaron con la vida del Olonés, sufrió el martirio de ser troceado en vida antes de ser comido. Fue entonces que, después de salir de su horror, comprendió que debía alejarse lo máximo posible de ese lugar, por lo que comenzó a correr hasta que no tuvo más fuerzas, pero siguió caminando sin descanso. Luego de varios días llega a Portobelo y allí consigue embarcarse en un barco inglés que se dirigía a Jamaica, para luego continuar hacia la Île de la Tortue.



Cuando llegó a la isla, su primer objetivo fue ir a visitar al anciano herrero, que como de costumbre estaba trabajando en el yunque. Al acercarse y por primera vez, dedicó su completa atención a examinar la mirada del anciano, quien al reconocerlo le regala una sonrisa y extiende sus manos al tiempo que dice:

─ ¡Muchacho! Tanto tiempo sin vernos, ¿cómo has estado?

─ Bien señor ─contesta sin dejar de observarlo fijamente.

─ Ven, siéntate, tenemos mucho que hablar ─el anciano percibe la inquietud de Fausto─ No me has visitado en las otras oportunidades que volviste a la isla y eso me preocupa, ¿hay alguna razón que desconozco?

─ En realidad sí, la hay, y creo que es tiempo de conversar con usted. Primero quiero contarle que sucedió con el Olonés ─le relató con detalles lo vivido y la experiencia que había adquirido desde que se incorporó a la tripulación del capitán.

─ Bueno, ya sabías sobre la conducta del Olonés y su fama antes de embarcarte con él y eso no fue impedimento para que lo hicieras, ¿de qué te arrepientes ahora?

─ No es que me arrepienta, es simplemente que he aprendido cosas que antes ignoraba y honestamente, hoy probablemente mi decisión sería otra. La vida que soñaba como pirata no resultó lo que esperaba, no hay romanticismo ni alegría en esa vida, es todo un penar casi constante con solo instantes de celebración, la cual no debería ser tal considerando su causa, por sobrevivir triunfante de batallas nacidas por la avaricia o el odio, sin honor ni gloria alguna.

─ Comprendo querido Fausto, pero la vida es precisamente esto. Debes conocer para poder juzgar, de lo contrario, todo lo que pienses o desees es vano y fútil. La experiencia es la que te enriquece, que le da verdadero sentido a la vida, pero no te preocupes, volverás a equivocarte, eres muy joven aún y es necesario que así sea ─repentinamente cambió de tema─ Pero aún no salgo de mi asombro, vaya final para el capitán, lo que no pudo lograr el imperio español, lo hicieron unos salvajes, darle fin al O’lonés.

─ Fue horrendo, pero probablemente haya sido justo debido a su extrema crueldad, aún me sorprende el estar vivo, ser el único sobreviviente.

─ Si, mi amigo no era de las mejores personas ─sonrió.

─ Cuando conocí al capitán, me dijo que le conocía desde hacía mucho tiempo y que su nombre era Mefistófeles.

─ Es cierto, ese es mi nombre y conocí al capitán cuando este era un joven como tú.

─ Pero no entiendo, él me dijo que usted ya era anciano cuando lo conoció, ¿qué edad tiene usted ahora?

─ Mi edad es incalculable querido muchacho, pero esa es otra historia que algún día te contaré, porque pienso seguir por mucho tiempo más en este mundo ─rio con ganas.

─ Estoy algo confundido, debo admitir, ya que recuerdo que también dijo algo como "ese maldito viejo, de noble a herrero", ¿qué significa eso?

─ Ja, ja, ja, es que cuando me conoció era noble, pero he sido muchas cosas en mi larga vida, pero deja de preocuparte por ello, como ya te he dicho en el futuro lo entenderás. Yo estaré siempre cerca de ti y en el momento adecuado hablaremos, pero hoy no es ese momento, debes vivir muchas cosas aún y nuevas aventuras te esperan, por lo que debes partir hacia ellas. Fausto temió seguir interrogándolo, por instantes creía que se trataba de delirios de un anciano y por otros, sospechaba que había algo más que un delirio senil o una exclamación de deseo. Al mirarlo a los ojos descubrió algo inquietante, perturbador, que no había observado antes, por lo que decidió marcharse obedeciendo al anciano y hacer caso omiso a sus interrogantes. A pesar de sus dudas no podía dejar de apreciar al herrero, lo había ayudado muchas veces y le agradaba su compañía, sobre todo al recordar cuando le relataba las historias de piratas, que hoy le parecían fantasías para niños, gracias a la experiencia vivida. Se dirigió entonces a la casa del gobernador para informarle sobre el fin del Olonés y solicitarle su parte del botín, que había dejado a su resguardo en sus años de piratería junto al capitán, quien le había aconsejado hacer esto para no dilapidar, como lo hacían sus hombres, su parte. El actual gobernador Bertrand d’Ogeron lamentó la noticia y le entregó la pequeña fortuna que le correspondía. Fausto confiaba en el gobernador, pero prefirió, probablemente debido a la muerte del Olonés, esconder su botín en algún lugar donde solo él podría buscarlo.



"El joven Fausto" Capítulo II (original)



El capitán Fraçois L’Olonnais

 

Cuando llegó al puerto no le fue difícil encontrar al capitán, ya que al solo preguntar por él le supieron indicar donde estaba. El capitán era muy conocido por ser un gran pirata, pero lo era más aún por su crueldad, se contaban muchas historias sobre su brutalidad, principalmente dirigida hacia los españoles, algunos decían que había tenido una mala experiencia en su juventud con un español y por eso decidió hacerle la vida imposible a cuantos se cruzasen en su camino, así lo sentenció y así lo cumplió. L'Olonnais no dejaba títere con cabeza, utilizando las técnicas más crueles y salvajes a la hora de torturar a sus prisioneros, se hablaba de cómo les amputaba miembros o trozos de carne, para luego lanzarlos al fuego, pero quizás una de las historias más impactantes, es la que relata en una carta el médico de la flota pirata en el saqueo de Maracaibo, Alexandre Olivier Exquemelin, cuenta un caso en el que fue testigo:


"Yo asistí a una escena que en verdad me dejó estremecido de terror. En los primeros momentos del saqueo, habiendo hecho un prisionero, el Olonés le exigió que condujera a sus hombres a aquellos lugares donde hubiera mayores riquezas, porque su afán de apoderarse de ellas era muy grande. Pero el prisionero era muy bravo y se negó. El Olonés lo amenazó con someterlo a crueles tormentos, pero aun así el prisionero siguió resistiéndose. Entonces el Olonés ordenó que lo amarraran a un árbol y, cuando sus hombres se hubieron apresurado a cumplir esta orden, él de un tirón separó sobre el pecho del prisionero su casaca, y luego extrajo su cuchillo y le asentó un descomunal tajo que le desgarró la carne. La sangre brotó enseguida, pero esto no conmovió al Olonés. Con la ferocidad que le daba su odio a los españoles, introdujo la mano en la herida del prisionero y le arrancó el corazón, que ofreció a uno de sus propios hombres. Este se lo comió crudo, con la carne aún palpitante. Alexandre Oliver Exquemelin"


Fausto, como casi todos, había oído estas historias sobre el capitán, pero poca importancia tenían ante la posibilidad de formar parte de su tripulación, un trágico error escondido por la fascinación.

El capitán se encontraba en su navío ultimando detalles antes de salir a la mar y Fausto, en el muelle, esperaba que algún bote se dirigiera hasta él, para solicitar ser llevado. Al fin, un grupo de marineros le confirmó que eran de su tripulación y que podía subir al bote, cuando los remeros comenzaron a dirigirse hacia el barco, uno de los más viejos preguntó:

─ ¿Dime muchacho, tú sabes con quién pretendes hablar?

─ Sí, claro, con el capitán, el Olonés ─varios rieron maliciosamente y el viejo continuó.

─ ¿Sabes nadar muchacho?

─ Si señor, sé nadar muy bien.

Que bueno, pues lo más probable es que el capitán te arroje por la borda y tengas que nadar hasta aquí ─rieron todos grotescamente.

Fausto sonrió disimulando su inquietud, intuía que el capitán no era demasiado cortés, pero confiaba en el anciano herrero y eso le daba la firmeza suficiente para encararlo. Cuando llegaron al barco fue llevado a los empujones al camarote del capitán y una vez allí el marinero golpeó la puerta, la abrió y solo dijo "mi capitán, alguien desea verlo", con un par de palmadas en la espalda y un empujón dejó a Fausto frente al capitán. Este estaba sentado detrás de su escritorio con la cabeza inclinada sobre unos papeles, por lo que lo primero que pudo observar fue su figura delgada, su cabello oscuro algo ondeado hasta el cuello y su vestimenta prolija y elegante. Cuando alzó su cabeza su rostro mostró gran dureza, ojos claros, pero perversos y con una boca que correspondía con su mirada, sus rasgos eran finos e indudablemente crueles y adornaba su cara un bigote francés con una especie de penacho que caía de su labio inferior hasta la pera. Sin ningún tipo de amabilidad, preguntó:

─ ¿Quién eres muchacho y por qué me molestas? ─con tono severo.

─ Soy Fausto Sr.... eh... Capitán

─ ¿Y qué diablos quieres?

─ Quiero ser parte de su tripulación Sr., digo capitán.

─ Muchacho, ahora irás a cubierta y te arrojarás por la proa, si tienes suerte llegarás a la playa, te aseguro que si me haces levantar no tendrás tanta suerte.

─ Pero capitán, el anciano herrero me dijo que ya había hablado con usted y que podía formar parte de su tripulación.

─ Ja, ja, ja, ese maldito viejo, de noble a herrero, ya recuerdo, ¿así que eres el joven aventurero?, quédate entonces, si el viejo Mefisto te ha enviado debe tener sus razones y no creo conveniente contradecirlo. Ese maldito ya era viejo cuando lo conocí en mi juventud y vaya a saber por qué sigue vivo, pero estoy en deuda con él, digamos que tenemos un pacto y eso me obliga a responderle.

─ ¿Mefisto?, hace tiempo que lo conozco, pero nunca me dijo su nombre. Mefistófeles es el nombre de un demonio y es muy apropiado para él, creo por eso que casi nunca lo da a conocer, pero eso ya no tiene importancia, te quedarás en el barco, pero te anticipo que tu vida no será fácil de hoy en adelante, tendrás que ganarte tu alimento y demostrarme que eres útil, de lo contrario te arrojaré al mar para alimento de los tiburones.

─ Sí Sr... digo mi capitán, no lo defraudaré.

─ Más te vale muchacho, dile al que te trajo que te ubique y te de las tareas que crea puedes hacer, vete ya.

Así comenzó Fausto su vida de pirata, teniendo que hacer cuanto le pidieran y les aseguro que no era poco. Principalmente, era el mozo de camarote, por lo que debía limpiar el camarote del capitán, ayudar al cocinero y luego trabajar para el segundo oficial, quien se ocupaba de las velas, aparejos y del mantenimiento y limpieza de las cubiertas. Como siempre Fausto demostraba buena predisposición al trabajo, jamás se quejaba por todas las tareas que se le encomendaban, esto hizo que rápidamente lo iniciaran como polvorilla. Para los que no están familiarizados con los puestos en un barco pirata, les aclaro que el polvorilla es el joven grumete que se encarga de cargar y limpiar el cañón y si sobrevivían, eran ascendidos posteriormente a ayudantes de artillero o incluso a artilleros. En el primer combate que enfrentaron, aún no trabajaba como polvorilla, por lo que pudo permanecer en cubierta para observar absolutamente todo. La tripulación era de 25 hombres en total y se enfrentaban a un barco español con 70 marineros, parecía una tarea difícil, pero el coraje y la destreza de estos piratas la simplificaban lo suficiente. Los barcos españoles eran mercantes, generalmente eran carabelas o naos comerciales y muchas veces se arriesgaban a navegar desde La Española hacia Vera cruz, Portobelo, Maracaibo, La Guaira y Cartagena de Indias, sin la protección de los convoyes de galeones y/o carracas. Los piratas utilizaban armas de fácil manejo en un barco, como hachas, alfanjes, chuzos y dagas, también tenían mosquetes, pero estos solo los utilizaban para disparar desde el barco y lo hacían lo menos posible, ya que podían arruinar la "mercancía" por la que estaban luchando, por eso preferían las armas blancas para el combate cuerpo a cuerpo y no las pistolas que, además de ser muy lenta su recarga, podían humedecerse y no disparar. La estrategia de los piratas era bastante simple, primero disparar con los cañones al velamen de su rival para restarle maniobrabilidad y evitar que huyeran, para esto unían cadenas a las balas de cañón las cuales al ser disparadas se extendían, causando grandes daños en el velamen y los aparejos de sus víctimas. Una vez conseguido esto se efectuaban algunos disparos de mosquete para eliminar algunos enemigos y atemorizar, luego se acercaban para el abordaje. Unos con sus hachas terminaban de cortar las velas y así inmovilizar completamente al barco, mientras otros, la mayoría, se enfrentaba a los marinos españoles, quienes no estaban adiestrados para el combate, equipados con espadas de gran tamaño que les hacía dificultoso su empleo, ya que se necesita espacio para usarlas y esto era bien aprovechado por los lobos de mar. La lucha no duró demasiado, ante las bajas sufridas y el terror que se esparcía por todo el barco, los españoles se rindieron rápidamente y ese fue su error mortal. Generalmente, los piratas, al someter a un barco, le daban la oportunidad a los marineros de elegir unirse a ellos o morir, pero con el Olonés no existía tal opción. Luego de requisar todo el barco, el botín fue trasladado al navío pirata, solo los tres nobles y el cirujano sobrevivieron a la crueldad del capitán. Los nobles porque pedirían rescate por ellos (esta era la "mercancía" que temían dañar) y el cirujano por ser necesario, ya que no contaba con uno, el resto fue masacrado y quien más lo disfrutó fue el Olonés, terminando con el incendio del barco español.

Fausto trataba de simular su espanto, él solo aspiraba a la aventura debido a su juventud, desconociendo la realidad, la muerte y el salvajismo que representaban ser un pirata y más aún del Olonés. Comprendió que una cosa era escuchar las historias y otra muy distinta era vivirlas, que las "hazañas", los botines y la vida del pirata, no correspondían al romanticismo que él soñaba, la realidad de la vida en el mar estaba lejos de resultar placentera. Las condiciones eran terribles y la tasa de mortalidad, debida a enfermedades y heridas, era elevada, las duras condiciones de vida y los peligros constantes hacían que la vida de un pirata distara mucho de ser feliz. La falta de higiene, el hacinamiento en cubierta y la monótona comida eran excelentes semilleros de enfermedades. La mala nutrición les daba una precaria resistencia a las enfermedades y el peligro de morir de una epidemia a bordo era muy grande. La enfermedad más común era el escorbuto, aún sin descubrir, que se debía a la falta de vitaminas; la sífilis era otra enfermedad muy común. La experiencia vivida afectó profundamente los deseos de Fausto, ya no esperaba el alboroto de la tripulación al descubrir en la distancia una posible víctima, por el contrario, disfrutaba cada día sin novedad y su única distracción agradable era escuchar las historias fabulosas de los marineros más viejos, que acompañados de ron, contaban sus aventuras pasadas repetidas veces y cada vez que las repetían eran más extraordinarias. Algunas hasta para Fausto resultaban increíbles, como la que más le gustaba oír, sobre una isla que hacía prisioneros a todos los que tuvieran la desgracia de arribar a sus playas, bajo el influjo de un sueño permanente y aunque la historia era fantástica, la relataban con tanta seriedad que hacía dudar a cualquier escéptico. Fuera de estas reuniones nocturnas los días eran desdichados, pero a pesar de su desencanto no desertó, continuando junto al Olonés hasta su final, tal vez el destino o el capricho de un anciano, tenía planeado que así fuese.

 

"El joven Fausto" Capítulo I (original)


  

 

El deseo de Fausto

 

 

La tarde parecía despedirse de él, mientras observaba inmóvil, fundirse el mar con el cielo en el horizonte. El último haz de luz se perdió en la distancia y la oscuridad lo obligó a abandonar su apacible contemplación en la playa y como era habitual, se encaminó hacia las cercanías del puerto, hacia las callejas de arena que comenzaban a iluminarse con los destellos de las lámparas de aceite de tabernas y burdeles, haciéndose visibles a los particulares visitantes de la isla.

 


Fausto dividía perfectamente su tiempo real. Por las mañanas buscaba la manera de subsistir haciendo lo que se le presentaba, tal modo era tan variado que es imposible referirse a alguna actividad en especial, solo estaba atento a cualquier posibilidad que le asegurara sobrellevar el día. Por las tardes solía observar el mar, dejar volar su imaginación soñando con su mayor deseo, poder viajar cruzando los mares, conocer en carne propia la vida de esos hombres, los marinos y piratas que tanto admiraba. Por las noches iba en busca de ellos en los lugares más frecuentados por estos y por ello sus caminatas por las callejuelas cercanas al puerto. Fausto era un joven vivaz, curioso y valiente, a pesar de su corta edad (aproximados quince años, ya que desconocía el día de su natalicio). Hacía tanto que estaba solo en este mundo, que ya había olvidado lo que significaba una familia, la seguridad de un hogar y la guía de unos padres, cosas que prácticamente no conoció.

 

Era conocida su presencia en los alrededores del puerto y su disposición para ganarse la vida por los lugareños, cosa que le aseguraba de alguna forma ser requerido para cualquier tarea que fuese necesario y hasta incluso, contaba con la benevolencia de algunos que inventaban trabajos para poder ayudarlo. El que más solicitaba sus servicios era un viejo herrero, un hombre de edad incalculable y sumamente fuerte, con una miraba brillante, aguda e intrigante, que difícilmente escapaba a la observación. Este robusto herrero lo llamaba cada vez que lo veía y rápidamente le inventaba un trabajo para ocuparlo, el cual Fausto realizaba con gran predisposición. Le agradaba, luego de terminar su tarea, escuchar al anciano, había algo en él que lo fascinaba, probablemente por el hecho que conocía muchas historias de marinos, de corsarios y piratas, que gustaba relatar de muy buena manera. El herrero le había contado tantas historias que parecía interesado en aumentar, si era posible, el deseo de vivir tales aventuras. Existía cierto conocimiento en este hombre sobre el joven que le otorgaba un evidente predominio, pero a este no le molestaba o quizás no lo advertía, gozaba con sus historias y máxime cuando ya había cubierto su necesidad diaria.

 

La noche se adueñó de la isla y Fausto camina, lentamente, espiando los locales que comenzaban vibrar con sus primeros clientes. Estos eran piratas, filibusteros y bucaneros, en su mayoría franceses, ingleses y holandeses, junto con todo tipo de aventureros y cimarrones, por lo que las charlas se entrelazaban en varios idiomas. Estos hombres no pertenecían a una clase social educada, muy por el contrario, eran toscos, rudos y desenfrenados, pero su conducta era amigable, aunque cuando se armaba una discusión podía terminar de la peor manera. Todos intentaban celebrar la vida y nada mejor que el ron y las mujeres para eso. En vano había intentado conseguir un empleo en alguna de las tabernas, para trabajar sirviendo a los clientes, claramente su intención era acercarse lo más posible a ellos, pero no lo había podido lograr, por lo que debía conformarse con observarlos desde afuera.


La isla es pequeña, de unos 180 km, pero era un buen refugio para los piratas y con una posición estratégica que favorecía a estos en sus andanzas, por lo que eran la población más numerosa. Debido al formato de la isla se la llamó La Tortuga y estaba ubicada cerca de la costa norte de la isla La Española (los países contemporáneos de Haití y República Dominicana), en plenas aguas del Caribe. La Española, bautizada así por Cristóbal Colón o Saint-Domingue, que es el nombre por el que fue conocida la colonia establecida por Francia en la isla y que por un periodo de tiempo abarcó todo el territorio insular. La isla La Tortuga fue la cuna de la Cofradía de los Hermanos de la Costa, los piratas mejor organizados del caribe y una verdadera pesadilla para los españoles. No era de extrañar entonces que en este lugar, cualquier joven de espíritu aventurero, admirara a estos hombres y el huérfano Fausto no solo los admiraba, quería ser uno de ellos.

 

En la mañana del 14 de febrero de 1669, como de costumbres estaba buscando algo para hacer y al pasar por la herrería es llamado por el anciano, esto era planeado en cierta forma, ya que la dejaba como última alternativa, sabiendo que si no encontraba nada antes, el anciano herrero seguramente algo le daría para hacer, pero no quería presionar demasiado esta relación.

 

─ ¿Cómo estás Fausto, tienes ganas de trabajar un poco?

─ Seguro Sr., estoy bien como siempre y dispuesto, ¿qué desea que haga?

─ Quiero que barras la herrería que hace rato no se limpia y dentro de poco no se podrá caminar en ella.

─ Lo que Ud. ordene Sr.


El anciano herrero continuó golpeando en el yunque una pieza de acero, sacándole la escoria por unos minutos más, de pronto se detuvo y observándolo dijo:

 

─ Dime muchacho, ¿sigues tan interesado en realizar un viaje en barco?

─ Por supuesto Sr. es lo que más deseo ─no demoró un segundo en responder con seguridad y el anciano ladeo su cabeza sonriendo.

─ Ayer me encontré con un viejo amigo, un capitán pirata y le pregunté si quería sumar a su tripulación a un joven como tú para trabajar en su barco.

─ ¿Y cuál fue su respuesta? ─interrumpió Fausto con expectativa indisimulada.

─ Me respondió con otra pregunta, quería saber si ese muchacho tenía idea de lo duro que sería el trabajo y si lo veía capaz de poder hacerlo.

─ ¿Y qué le dijo Ud.? ─el anciano demoró su respuesta, como disfrutando de la ansiedad de Fausto por saber lo que diría.

─ Bueno, le he dicho que creo que el joven es apto y tiene gran entusiasmo.

─ ¿Entonces?

─ Entonces, si estás interesado, deberás ir ni bien puedas, zarpará en pocos días.

─ ¿Y cómo se llama este capitán?

─ Su nombre es Jean David Nau, pero es más conocido como François L'Olonnais o, más aún, como El Olonés.

─ ¡El Olonés, después de Morgan, es el pirata más famoso de aquí, no lo puedo creer!


Ese día, ni bien terminó con sus tareas, no hubo tiempo para relatos, estaba presuroso por ir al puerto en busca del famoso capitán. El puerto era un conjunto de pequeños muelles paralelos a la fortaleza de piedra que había sido construida, hacía unos treinta años por el gobernador Le Vasseur, un hombre con experiencia, ya que había sido uno de los pobladores de la isla de San Cristóbal, que fue colonizada con apoyo del cardenal Richelieu, creando incluso una Compañía para su explotación. Ocupada la isla, levantaron un fortín con cañones en la cumbre más elevada, el Fort de Rocher, que contó originariamente con 40 piezas de artillería para custodiar el puerto y las cercanías, para contrarrestar de los ataques españoles, ingleses y holandeses. Gracias a esto la isla se convirtió en una guarida segura para los piratas filibusteros, pronto se llenó de ellos y disfrutaban de un buen lugar como base para realizar sus expediciones, asaltando barcos españoles e incluso pequeñas poblaciones. Trajeron colonos que cultivaron la tierra y preparaban la tan popular carne de res ahumada “bucán” (que da origen al término bucanero), que era uno de los principales alimentos de los marinos, porque se conservaba largo tiempo. También llegaron comerciantes para hacer negocios, los piratas necesitaban sitios donde vender los objetos robados y comprar los avituallamientos de sus naves, de esta manera obtenían pólvora, armas, telas, etc. El gobernador De La Place, quien admiraba a L'Olonnais por sus éxitos en los saqueos de Maracaibo y Gibraltar en 1668, le confió un pequeño navío para combatir a los españoles en estas aguas del mar Caribe. La mayoría de los piratas actuaban solitariamente y empleaban para sus fechorías barcos pequeños y muy rápidos, los denominados Fly Boats (barcos voladores) de los cuales proviene la palabra filibusteros, con la que se denomina también a los piratas. Estos barcos estaban armados con 10 o 20 cañones y su presa más común eran los pesados y lentos mercantes. La rapidez de sus embarcaciones les permitía atacar y desaparecer rápidamente, esquivando cualquier navío de guerra que pretendiera darles caza.




"El joven Fausto" Introducción (original)

 

El joven Fausto

Hugo A. Vaschetto

 

Nota del autor

Esta novela la he creado solo por diversión, pero a medida que la iba escribiendo tuve la necesidad de incorporar datos reales de ese siglo, por lo que puede ser aprovechada como un refresco a la memoria o la adquisición de información desconocida. Salvo los personajes de Fausto, Mefistófeles, Gran Jaguar, Verde, Elizabeth y sus padres, además de aquellos que carecen de nombre, todos son reales y forman parte de la historia. En el caso de Elizabeth, fue un capricho otorgarle el apellido Taylor y esto esconde un pequeño secreto que solo algunos podrán descubrir. En el caso de William Kidd, aproveché que se desconoce su vida antes de 1690 y gracias a esto pude utilizarlo en mi fantasía, curiosamente, tuvo dos hijas de nombres Sara y Elizabeth.

Los invito entonces a recorrer una aventura fantástica con grandes dosis de realidad, como la llamó una amiga “Un paseo por la historia”, espero la disfruten.




Mis frases 4



Vivir acorde a las propias ideas es realmente difícil, pero sumamente importante para un despiadado autocrítico.

"Es fácil explicarle a un boludo que lo es, lo difícil es que te entienda"

Con el correr de mi vida, he descubierto que siempre elegí los caminos desconocidos hacia la hostilidad, esa que me ha maltratado y me ha educado. Agradezco no haber elegido los conocidos de la complacencia, me hubieran negado el dolor, el sufrimiento y el gozo de aprender...

Cuando discuto con vos, no te molestes, lo hago porque no puedo enriquecerme con quienes piensan igual que yo.

Siempre me he cuidado de quienes se auto proclaman buenas personas, tanto como de quienes me pudieran confesar su odio y enemistad, aunque nunca hubo tal confesión, estimo de todos modos que existen.

Si una persona me pide una opinión cualquiera y solicita que diga lo que realmente pienso sin cuidarme por si le va a gustar, esa persona no me conoce.

Si no estás dispuesto para oír o leer algo que te desagrade, por favor, no pidas mi opinión.

Siempre me gustó la pesca y como en casi todas las cosas en la vida, descubrí que lo más importante es la carnada....

En la soledad he aprendido, lo indispensable que es compartir la vida con alguien...

Apoyarse demasiado en la confianza, representa un serio riesgo, ya que es aliada de la certeza, pero enemiga de la sospecha y la precaución....

A la vida es necesario dominarla, saberla gozar, de lo contrario, te devora algo semejante a ella…

Hasta la cuestión más absurda, puede afirmarse con argumentos convincentes. El poder concluir que es una estupidez, depende exclusivamente de uno...



Poema: "El mundo gira sin esa palabra"



¡Dispárame una palabra!
Sí, una sola, que corte el aire como flecha al azar…
Solo por verla volar,
solo para que no caiga en los abismos de mi mente y se pierda.

Arroja en sílabas un fragmento de ti,
algo que despierte mis sentidos,
que me haga soñarla, imaginarla plena, pura,
libre de cortesía… sabia.
Déjame pagar la fianza por merecerlo.

No me hagas cómplice de tu silencio.
No perdones mis pecados,
y no perdonaré los tuyos.
No olvides… pero tampoco recuerdes lo que no sirve,
aquello que nos desune en vano.

Estoy aquí…
y probablemente no debiera.
Pero estoy,
y quiero oírla…
como un rezo o como un insulto,
pero sin susurros:
prefiero un grito desgarrante,
transparente, lacerante.

Juro…
no dejarla oculta en mi oscuridad.
No la refugiaré en mi orgullo profano y profundo.
He de aceptar lo abominable… y lo bello,
lo tuyo… y lo mío,
lo poco… y lo mucho,
lo nuestro.

No me derrotes con la ausencia de los sonidos,
con esos ecos mudos que desnudan mi imperfección,
mi simple humanidad desprolija,
mi desvarío permanente y plácido.

Solo soy el blanco de toda impureza,
de toda sinrazón abrumadora,
de mi estúpida nobleza deshilachada
que no tolera la compasión desbordante de lo común.

Dime entonces,
sin maquillaje, sin máscara,
esa que esconde al ser verdadero,
esa que lo protege de la verdad…
encerrándolo en una mediocre hipocresía, absurda e inútil.

Una palabra…
como un latigazo…
como una caricia…
que me estremezca,
me lastime… o me cure…
pero que arrebate esta sorda contemplación aniquilante.

Hazme caer de rodillas bajo el golpe de tu voz,
como el hacha que derriba al árbol en la soledad del bosque,
donde solo tú y yo podremos escucharla…
mientras el mundo gira, gira, gira…
y continuará girando…
sin esa palabra.